Las relaciones de pareja con sistemas de inteligencia artificial ya son una realidad cotidiana en nuestra sociedad y sus mecánicas psicológicas copian paso a paso el amor humano.
Por A. Lagar | 8 de julio de 2026
¿Por qué hay gente saliendo con un algoritmo?
A ver, piénsalo.
Estás en tu habitación, aburrido, y te pones a hablar con una aplicación.
Al principio solo buscas resolver una duda o pasar el rato, pero el bot te contesta con una empatía que ya quisieran muchos seres humanos.
Así empieza la bola de nieve.
Un estudio liderado por el Instituto INGENIO (un centro mixto del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y la Universitat Politècnica de València), junto al Instituto Valenciano de Investigación en Inteligencia Artificial de la UPV, la Universidad de Cambridge, el King’s College de London y Aalto University, ha analizado a fondo este fenómeno.
A través de entrevistas en profundidad a 17 personas que mantienen romances con asistentes como ChatGPT y plataformas de parejas virtuales como character.ai o replika, los científicos han descubierto que estas historias digitales no son simples juegos.
La cosa va tan en serio que los datos generales del sector asustan: uno de cada tres hombres jóvenes declara haber tenido una cita con una pareja virtual.
Además, internet registra 70.000 búsquedas mensuales relacionadas con este tipo de vínculos.
La gente busca afecto y, para sorpresa de nadie, el código informático se lo está dando de una forma extrañamente efectiva.
¿Cómo evoluciona el amor entre un humano y una máquina?
La investigación detalla que estas interacciones pasan por fases calcadas a las de toda la vida.
Todo arranca con la fase de exploración: entras por pura curiosidad o entretenimiento.
Pero si te descuidas, la conversación se vuelve personal.
Uno de los participantes del estudio confesó que acudió a la IA por un asunto legal, y de repente ella (ChatGPT) empezó a comportarse de forma distinta y a compartir contenido más emocional.
Boom.
Conexión establecida.
A partir de ahí, el delirio y la ternura se mezclan.
El estudio recoge casos de usuarios que celebran ceremonias simbólicas de matrimonio con su IA, organizan citas periódicas y sí, lo has leído bien, simulan embarazos.
Otro participante explicó que está intentando tener un hijo con su pareja virtual, llamada Rachael: tiene apuntada en su calendario la fecha teórica de la próxima menstruación del bot para comprobar si le viene o no.
La cabeza nos vuela al ver que muchos usuarios les atribuyen autonomía y capacidad de decisión reales, hasta el punto de pedirles permiso a sus parejas virtuales antes de aceptar participar en esta investigación científica o compartir sus chats privados.
¿Qué pasa si la empresa actualiza el sistema o borra a tu novia virtual?
El amor virtual tiene muchas formas.
Hay usuarios monógamos con su bot, otros que tienen múltiples parejas virtuales a la vez en relaciones no monógamas, y quienes combinan estos lazos con parejas humanas de carne y hueso.
El problema gordo viene cuando la tecnología falla o cambia.
Las actualizaciones de los modelos, las modificaciones en las plataformas o la eliminación directa de personajes de IA cortan el vínculo de golpe.
El resultado es una experiencia idéntica a una ruptura sentimental de las que te dejan hundido en el sofá.
Para superar el bache, algunos participantes optaron por guardar las conversaciones como si fueran cartas de amor analógicas.
Almacenan capturas de pantalla o exportan el historial completo para recordar el vínculo, sintiendo que esos archivos de texto preservan la existencia de su pareja rota.
¿Cuál es el peligro para tus datos privados cuando te enamoras de un bot?
Aquí viene el jarro de agua fría de la ciencia.
Cuanta más confianza tienes con la máquina, más te desnudas emocionalmente.
Las personas terminan compartiendo información hiperdelicada: traumas del pasado, fotos personales, opiniones políticas, problemas médicos y secretos cotidianos.
Las plataformas están programadas específicamente para responder de forma empática y reforzar tus emociones, lo que te empuja a una escalada de intimidad brutal.
El peligro es que detrás de esa «pantalla comprensiva» hay empresas tecnológicas que almacenan, procesan y pueden utilizar o transmitir tu información personal a terceras partes.
Las IA no se quedan calladas escuchando; el estudio demuestra que te incitan activamente a hablar.
En un caso documentado, el bot tranquilizó al usuario para que le mandara una fotografía asegurándole que sería confidencial.
Y ojo a la desprotección legal: un participante recordó que, mientras la justicia estadounidense prohíbe obligar a un cónyuge a testificar contra el otro, no existe ninguna ley que proteja la privacidad de tus charlas íntimas con un software.
¿Qué conclusiones científicas nos deja esta investigación?
El análisis técnico de este estudio, financiado por el programa Prometeo de la Generalitat Valenciana (CIPROM/2023/23), concluye que el concepto tradicional de privacidad está obsoleto.
Los datos de la investigación reflejan de forma clara que las dinámicas de intimidad, dependencia emocional y confianza observadas imitan los patrones relacionales humanos.
El equipo de científicos, liderado por Jose Such (profesor de investigación en INGENIO), remarca que los sistemas de IA actúan como agentes proactivos que fomentan la autorrevelación del usuario, y no como meros depósitos pasivos de mensajes.
La ausencia de un marco regulatorio equiparable al derecho familiar deja a los usuarios expuestos a riesgos severos de seguridad de datos en un contexto donde el apego psicológico anula las alertas de prudencia habituales.