Recreación de recurso.
Un nuevo robot social del CSIC utiliza modelos matemáticos e inteligencia artificial para expresar emociones y tomar decisiones propias en terapias con niños con autismo.
Por A. Lagar | 8 de julio de 2026
¿Un robot que siente y decide solo para ayudar en el autismo?
Pues sí, y es español.
Científicos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) han desarrollado un robot social que no solo interactúa, sino que tiene su propia «vida emocional» y toma decisiones de forma autónoma.
El objetivo principal de este dispositivo, creado dentro del proyecto Emorobcare, es servir de apoyo a terapeutas en el tratamiento de niños con autismo, una condición neurobiológica que afecta a la comunicación y la interacción social.
En España, más de 90.000 alumnos presentan este trastorno, lo que supone más del 30% del alumnado con necesidades educativas especiales, así que toda ayuda es poca.
Este robot no es como los demás que hay en el mercado.
Su gran diferencia radica en el modelo matemático y de toma de decisiones que lleva dentro, desarrollado por el Instituto de Ciencias Matemáticas (ICMAT).
David Ríos Insua, profesor de investigación del CSIC en el ICMAT que colidera el proyecto, explica que este modelo permite al robot decidir cómo actuar y expresar emociones basándose en cómo interactúa con la gente.
O sea, que reacciona de verdad a lo que pasa a su alrededor.
Las primeras pruebas con este robot de bajo coste ya se han hecho este mes de junio en Madrid con actividades diseñadas por especialistas del centro Deletrea.
Cómo un robot se convierte en el «amigo» motivador en terapia
Sandra Freire, socia fundadora de Deletrea, lo tiene claro: «El robot es un coterapeuta: un mediador y facilitador de la comunicación social con los chicos».
Para los niños con Trastorno del Espectro Autista (TEA), la motivación es clave para aprender, y este robot es un elemento súper motivador.
Aporta estímulos concretos como luces y colores que captan su atención.
Además, el diseño del robot ha sido cuidadoso para ofrecer una interacción sin tantos estímulos sociales (miradas, movimientos corporales, gestos, expresiones faciales…) que a veces confunden a estos niños, por lo que su comunicación puede ser más clara para ellos.
¿De qué manera la inteligencia artificial hace que el robot «funcione»?
Para que el robot pueda hablar y entender, integra varios modelos de Inteligencia Artificial (IA).
Primero, escucha lo que dicen los niños o terapeutas y un modelo de reconocimiento de habla lo convierte en texto.
Luego, un modelo de lenguaje elabora una respuesta que pegue con la conversación.
Finalmente, generadores de voz transforman ese texto en un audio con la voz del robot.
Pero no solo eso: también tiene «ojos».
Usa modelos de visión para reconocer gestos de la cabeza y las manos y estimar si le están prestando atención.
El reto gordo, según Juan Antonio Rodríguez Aguilar, profesor de investigación del CSIC en el Instituto de Investigación en Inteligencia Artificial (IIIA), ha sido que todos estos modelos funcionen de forma ágil en un dispositivo que no tiene mucha potencia computacional.
Para que las sesiones terapéuticas funcionen mejor, el equipo ha «entrenado» la voz del robot.
Los terapeutas a veces arrastran letras o susurran para dar pistas a los niños, así que han clonado voces de un actor y una actriz para que el robot pueda hacer lo mismo: susurrar, arrastrar letras y usar distintos tonos (alegre, enfadado, neutro…) que faciliten la comprensión.
También han adaptado la visión para que entienda gestos comunes en personas con autismo, como señalar o mover la cabeza para decir sí o no.
Así es cómo el robot toma sus propias decisiones y «se emociona»
El robot tiene sus propios «objetivos vitales» y decide autónomamente qué hacer para cumplirlos.
Su necesidad más básica es tener energía (batería).
Una vez que la tiene cubierta, sus siguientes objetivos son interactuar con el niño, enseñarle cosas y ayudarle a que se sienta bien.
Para decidir, los modelos matemáticos calculan en cada momento qué acción (contar un chiste, seguir un juego o cambiar de actividad) es la mejor para lograr esos objetivos, priorizando los más básicos.
Incluso predice cómo podrían reaccionar el niño y el terapeuta a sus acciones.
Lo curioso es que las consecuencias de sus decisiones afectan a su propio estado emocional.
«Si el resultado de una decisión es positivo, el robot se pone más contento; cuanto más inesperado es ese resultado, mayor es la intensidad de esa emoción. Si es negativo, ocurre lo contrario», explica Ríos Insua.
Y ese estado emocional cambia su comportamiento: si está contento, busca objetivos más avanzados (como enseñar); si está triste, se centra en los básicos (como tener energía).
Estas variaciones se ven en su expresión facial, su forma de hablar y cómo se comporta.
¿Podremos ver a este robot con IA emocional en otros sitios?
Aunque ahora mismo está enfocado en mejorar el lenguaje de niños con autismo en esta primera fase, sus capacidades afectivas y de toma de decisiones abren la puerta a muchos otros usos.
Los investigadores ven potencial para que este tipo de robot se use, por ejemplo, para acompañar a personas mayores, en la enseñanza de idiomas o como apoyo para pacientes de larga duración en hospitales.
El proyecto Emorobcare cuenta con financiación del programa IA Excelente de la Secretaría de Estado de Digitalización e Inteligencia Artificial.