Imagen de recurso: el entorno digital está transformando nuestras habilidades cognitivas.
Un grupo de neurocientíficos ha advertido ante el Senado de Estados Unidos que los jóvenes actuales puntúan peor que las cohortes previas en indicadores como memoria, lectura o matemáticas. El debate sobre si la tecnología está mermando la capacidad intelectual de la generación Z se intensifica, mientras expertos españoles analizan si estamos ante un descenso real de la inteligencia o ante un cambio de paradigma en nuestras habilidades mentales.
Por: A. Lagar | 14 de abril de 2026
El pasado 15 de enero, el Comité de Comercio, Ciencia y Transporte del Senado estadounidense se convirtió en el escenario de una advertencia inquietante. Durante una sesión sobre el impacto de las pantallas en menores, el neurocientífico Jared Horvath afirmó: «Nuestros hijos son menos capaces cognitivamente que nosotros a su edad». Según su testimonio, la generación Z es la primera en rendir peor en pruebas de atención, lectura y matemáticas, a pesar de contar con más años de escolarización.
Esta «infancia basada en el teléfono móvil» coincide con los datos del último informe PISA (2022), que registró una caída histórica en matemáticas y lectura. Horvath sitúa el punto de inflexión en 2010, año de la expansión masiva de dispositivos en aulas y hogares, sugiriendo que «cada vez que la tecnología entra en el aula, el aprendizaje baja». Sin embargo, la comunidad científica advierte de que el panorama es mucho más complejo que un simple titular sobre si los jóvenes son «más tontos».
Un fenómeno de luces y sombras
Para muchos investigadores, el diagnóstico de un declive global es simplista. José César Perales, catedrático de psicología de la Universidad de Granada, señala que no hay base científica para hablar de un descenso generalizado de la inteligencia. En su lugar, existen tendencias heterogéneas: mientras en el norte de Europa se ven descensos, en otras regiones las capacidades intelectuales básicas siguen subiendo.
El foco en las pantallas también es motivo de controversia. El estudio ABCD, realizado con 12.000 niños estadounidenses, no demostró que el tiempo frente a dispositivos afectara negativamente al funcionamiento cerebral. «La evidencia no muestra un impacto significativo sobre aspectos del rendimiento cognitivo», afirma Perales, quien subraya que factores como el nivel sociocultural o el estilo de crianza tienen más peso que el propio móvil.
La externalización del cerebro
El verdadero cambio podría estar en cómo usamos nuestra mente. Roberto Colom, catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, habla de una «externalización del esfuerzo cognitivo». Al igual que los taxistas perdieron volumen en su hipocampo —clave para la memoria espacial— tras la llegada del GPS, los estudiantes podrían estar perdiendo autonomía al confiar en buscadores e inteligencia artificial.
«Si las ayudas externas son excesivas, los chavales pierden autonomía para razonar por su cuenta», advierte Colom. A esto se suma un sistema educativo que, según el experto, podría haber reducido la exigencia. Por ejemplo, el examen SAT en EE. UU. plantea ahora textos más cortos y preguntas más literales, adaptándose a un consumo de contenidos fragmentado y rápido, propio de plataformas como TikTok o Instagram Reels.
Habilidades que se transforman
Los datos obtenidos en España durante tres décadas muestran un patrón mixto: el manejo de números ha empeorado, pero la capacidad de razonar se mantiene estable. No se trata de un deterioro uniforme, sino de un cambio en qué áreas entrenamos.
- Papel frente a pantalla: El libro físico ofrece referencias espaciales (páginas pares, arriba o abajo) que ayudan al hipocampo a «anclar» la información. En digital, esa ayuda desaparece.
- Escritura manual: Escribir a mano activa circuitos motores que organizan mejor la información que el tecleo repetitivo.
- Nuevas destrezas: Aunque la lectura sostenida sufra, los jóvenes podrían estar potenciando habilidades de búsqueda y multitarea que aún no han sido estudiadas a fondo.
El dilema de la generación Z
Ante este escenario, el debate sobre la prohibición de pantallas y redes sociales hasta los 16 años divide a los especialistas. Mientras algunos ven razonable la limitación por la inmadurez cognitiva y psicosocial de los menores, otros apuestan por la transparencia algorítmica y la seguridad por defecto antes que por el veto total.
Lo que parece claro es que no estamos ante una generación «menos inteligente», sino ante una transformación profunda del entorno cognitivo. El cerebro se adapta a lo que se le exige. Si el entorno actual prima la rapidez y la asistencia tecnológica, las capacidades de abstracción y cálculo tradicional pierden terreno, no por incapacidad biológica, sino por falta de uso en un mundo que ya no parece requerirlas del mismo modo.