Imagen de recurso | Foto: Marle Martin
Esa bandeja de plástico donde guardas el pescado no es un escudo protector sino una puerta de entrada para sustancias químicas que acaban en tu organismo.
Por A. Lagar | 13 de junio de 2026
Pensamos que el frío de la nevera detiene el tiempo y protege los alimentos de cualquier peligro exterior.
Sin embargo un equipo científico del Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua, trabajando en colaboración con la Universidad de Florencia, acaba de desmontar esta falsa sensación de seguridad.
Su última investigación publicada en la revista Environment International demuestra por primera vez que los aditivos químicos de los envases comerciales migran directamente hacia la carne del pescado mientras permanece almacenado en la cocina de casa.
Hasta la fecha la inmensa mayoría de los trabajos científicos se limitaban a medir la contaminación presente en el alimento justo en el momento de la compra en el supermercado.
Además la ciencia siempre ponía el foco en el calor como el gran acelerador de la transferencia química.
El equipo del IDAEA-CSIC decidió cambiar las reglas del juego imitando las rutinas reales de los consumidores guardando las piezas en refrigeración a cuatro grados durante 48 horas y en congelación a dieciocho grados bajo cero durante todo un mes.
Los resultados confirman que el frío no frena el trasvase de estas sustancias.
¿Qué sustancias químicas se están colando en tu pescado?
El estudio analizó al detalle el comportamiento de cuatro familias de compuestos químicos que la industria utiliza de forma habitual para dar resistencia, flexibilidad y estabilidad a los envoltorios.
Los experimentos se realizaron utilizando bandejas de poliestireno, films transparentes, bolsas de congelación y bandejas compostables sobre muestras de tres especies muy consumidas: salmón, atún y merluza.
Las familias químicas detectadas que realizan este viaje invisible son:
- Ftalatos: Empleados tradicionalmente para flexibilizar plásticos.
- Bisfenoles: Entre ellos el polémico bisfenol A.
- Ésteres organofosforados: Utilizados para dar estabilidad al material.
- Plastificantes alternativos: Nuevos compuestos introducidos para sustituir a los anteriores.
Maria Vittoria Barbieri, investigadora principal del estudio, destaca que el tiempo de contacto resulta crucial.
Cuantos más días pasa el pescado tocando el material mayor es la tasa de transferencia llegando en algunos casos analizados al cien por cien de migración.
Por ejemplo el di(2-etilhexil) adipato, un plastificante alternativo conocido como DEHA, registró niveles de transferencia masivos en todas las especies superando el 95% de migración en el salmón.
¿Por qué el salmón y la merluza no absorben los contaminantes igual?
La transferencia de estos compuestos químicos no ocurre de forma idéntica en todos los alimentos.
Las propiedades físicas del propio pescado determinan qué tipo de aditivo absorbe con mayor facilidad química.
| Tipo de compuesto químico | Afinidad física | Especie con mayor tasa de migración |
| Compuestos lipofílicos | Solubles en grasa | Salmón (por su alto contenido graso natural) |
| Bisfenoles | Solubles en agua | Merluza (por su mayor porcentaje de agua interna) |
Los aditivos con características lipofílicas encuentran un camino directo hacia los tejidos de pescados grasos como el salmón.
Por el contrario ciertos bisfenoles prefieren ambientes más acuosos desplazándose rápidamente hacia pescados blancos como la merluza.
¿Cuánto plástico ingerimos según nuestra edad?
El equipo del IDAEA-CSIC no se limitó a medir la migración sino que calculó el impacto real en la salud humana cruzando los datos de concentración química con las estadísticas oficiales de consumo de pescado fresco en España.
Para afinar el riesgo dividieron los resultados según el peso medio corporal de tres perfiles de población: bebés de seis a doce meses (5 kg), niños de uno a tres años (12 kg) y adultos (70 kg).
Los datos obtenidos se compararon con los límites de seguridad de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria.
Hay que recordar que la EFSA redujo drásticamente en 2023 el índice de seguridad diario para el bisfenol A haciéndolo 20.000 veces más estricto debido a su potencial carcinogénico y su capacidad de disrupción endocrina.
Los resultados del modelo matemático resultan preocupantes porque el pescado guardado en casa muestra niveles de exposición muy superiores al fresco recién capturado.
El peor escenario de riesgo de todo el estudio se localizó en la merluza congelada durante 30 días dentro de una bandeja compostable.
En el lado opuesto los niveles de menor transferencia se registraron en los alimentos refrigerados dentro de bolsas de plástico comunes.
¿Qué medidas se están tomando contra el bisfenol A?
La investigación descubrió que en prácticamente la mitad de las situaciones domésticas analizadas se superó el umbral de riesgo permitido para la salud humana.
El bisfenol A es el responsable directo de casi el 100% de ese índice de riesgo alimentario mientras que la aportación del resto de contaminantes detectados fue mínima.
Ethel Eljarrat, coautora de la investigación y directora del IDAEA-CSIC, advierte que estos cálculos contemplan únicamente la ingesta a través del pescado.
El riesgo real acumulado es todavía mayor si sumamos el bisfenol A que consumimos mediante otros alimentos, la inhalación ambiental o el contacto dérmico diario.
Ante esta preocupante realidad sanitaria la Unión Europea aprobó en 2024 una normativa para restringir de forma progresiva el uso de bisfenoles en cualquier material diseñado para estar en contacto con alimentos.
Esta ley entró en vigor en enero de 2025 estableciendo un periodo de transición de 36 meses para su cumplimiento definitivo en el mercado europeo.
Las científicas insisten en que es urgente obtener datos toxicológicos de los nuevos aditivos alternativos que las empresas están introduciendo para asegurar que los sustitutos sean realmente seguros para los consumidores.
¿Qué es exactamente el bisfenol y por qué lleva décadas colándose en tu cuerpo?
El bisfenol (comúnmente abreviado como BPA o Bisfenol A) es un compuesto químico industrial que la industria manufacturera utiliza desde la década de 1950 para fabricar plásticos duros de policarbonato y resinas epoxi.
Lo llevamos consumiendo de forma masiva en los envases de alimentación desde los años 60, cuando se popularizó para hacer botellas reutilizables y recubrir el interior de las latas de conserva para evitar que el metal se oxide.
El problema es que no se queda estático en el plástico.
El bisfenol se desprende con facilidad migrando directamente a los alimentos que te comes, o siendo absorbido a través de la piel por puro contacto físico.
¿Dónde se esconde en tu día a día?
- Envases de alimentación: Botellas plásticas reutilizables, vajillas, recipientes herméticos de cocina y el revestimiento interno de muchas latas de comida.
- Papel térmico: Los típicos tickets de la compra de los supermercados o los recibos que te escupe el cajero automático.
- Objetos cotidianos: Equipos médicos, algunos juguetes infantiles antiguos y discos compactos.
¿Cuáles son los riesgos reales de este compuesto para la salud?
El verdadero peligro del bisfenol es que actúa como un disruptor endocrino.
Esto significa que, una vez dentro de tu organismo, tiene la capacidad de imitar a las hormonas naturales uniéndose directamente a los receptores de estrógeno.
Al hackear tu sistema hormonal de esta manera y alterar su equilibrio normal, numerosos estudios científicos lo relacionan con problemas de desarrollo infantil, alteraciones reproductivas severas o disfunciones metabólicas.
Precisamente por este impacto toxicológico, las autoridades sanitarias llevan años cercándolo con restricciones legales progresivas:
- Año 2011: La Unión Europea prohíbe por completo su uso en la fabricación de biberones para proteger a los lactantes.
- Año 2018: Se restringe su presencia en cualquier envase o botella destinados a niños menores de tres años.
- 20 de enero de 2025: Entra en vigor la normativa europea definitiva que prohíbe el uso y comercio de BPA en casi todos los materiales que tocan alimentos, otorgando periodos de transición para agotar el stock de los productos enlatados que quedan en el mercado.
Para ponértelo fácil y esquivar este tóxico, la mejor estrategia es sustituir los recipientes de plástico por materiales naturales que no transfieren químicos a tu comida.
Las mejores opciones que puedes empezar a usar hoy mismo son:
- Vidrio o cristal templado: No altera los sabores y es totalmente seguro para el microondas.
- Acero inoxidable: Extremadamente resistente e higiénico, perfecto para botellas de agua.
- Silicona platino: Un material flexible y seguro para conservar o calentar alimentos.
- Madera o bambú: Ideal para tus utensilios y tablas de cortar para evitar los microplásticos.
Si la practicidad te obliga a seguir usando fiambreras o botellas ligeras de plástico, conviértete en detective de etiquetas dándole la vuelta al producto para verificar el triángulo de reciclaje grabado en su base.
Tu objetivo es buscar únicamente los números seguros y libres de BPA: el 1 (PET, típico de botellas de un solo uso), el 2 (HDPE, plástico de alta densidad), el 4 (LDPE, polietileno de baja densidad) y el 5 (Polipropileno, el rey de los tápers resistentes).
Cualquier otra cifra que veas ahí abajo significa que ese material podría estar liberando bisfenol directo a tus alimentos, así que huye de ellos, olvídate por completo de meterlos al microondas y destierra para siempre la mala costumbre de reutilizar las tarrinas desechables.