¿En qué momento empezamos a defender a los políticos como si fueran los colores de nuestro equipo de fútbol?
Por A. Lagar | 01 de julio de 2026
Mientras en las comidas familiares nos tiramos los trastos a la cabeza con debates prehistóricos de «fachas contra rojos», la realidad de España sigue su curso: la cesta de la compra está por las nubes, alquilar un piso cuesta un riñón y medio, y la corrupción sigue siendo ese deporte nacional que nunca pasa de moda.
Spoiler: al bolsillo no le importan los colores.
El circo del siglo pasado: rojos contra fachas en 4K
Es una maravilla.
Estamos a mediados de la década de nuestros años 20, con inteligencias artificiales que te hacen el trabajo y coches que aparcan solos, pero el debate político estrella en España consiste en desenterrar fantasmas de hace casi un siglo.
Nos han metido en un bucle temporal digno de Regreso al Futuro, obligándonos a elegir trinchera en Twitter (bueno, en X) o en el grupo de WhatsApp de los amigos de toda la vida.
¿El resultado?
Lo que los politólogos llaman «polarización afectiva».
Según datos del CIS y de estudios europeos sobre comportamiento electoral, España está a la cabeza de Occidente en este fenómeno.
Esto no significa que tengamos ideas super distintas sobre cómo arreglar las cosas; significa, llanamente, que odiamos al del bando contrario.
Ya no se vota a un partido porque te mole su programa; se vota para joder al otro, o por puro pánico a que «ganen los malos».
Una jugada maestra del márketing político: si te tengo enfadado y asustado, no me vas a pedir cuentas de lo que hago con tu dinero.
Y créeme, esto es un problema muy gordo.
El «y tú más»: La barra libre de la corrupción
Hablemos del clásico patrio: la corrupción.
En España hemos perfeccionado el arte de justificar las manos largas según las siglas que las ejecuten.
Si roba el partido del color A, los del color B se rasgan las vestiduras y piden cárcel, dimisiones y excomunión.
Pero si al día siguiente pillan al tesorero del color B con las manos en la masa, la respuesta automática es: «Bueno, pero es que los otros robaron más en el 96» o «Eso es una campaña de fango de los medios».
Es fascinante.
Nos tomamos la corrupción como si fuera un penalti dudoso en un derbi.
Si es a favor de tu equipo, miras para otro lado o dices que «hay que ser pícaro».
Pero ojo, el dinero que vuela de las arcas públicas no sale de un fondo mágico; sale de tu nómina, de tu IVA y de la cuota de autónomos que te cruje cada mes.
Que un corrupto te caiga bien o comparta tu ideología no hace que el dinero vuelva a la hucha de las pensiones.
Robar es robar, y aplaudir al «tuyo» porque el otro es peor es, con perdón, de ser el tonto útil de los políticos.
Alquileres imposibles e inflación: Las cosas del comer que nadie arregla
Mientras el Congreso parece un patio de colegio de Primaria con señores de traje insultándose, la vida real fuera del hemiciclo se está poniendo insostenible.
Vamos a los datos que de verdad duelen:
- El drama de la vivienda: El precio del alquiler y de la compra en España ha pulverizado todos los récords históricos. En ciudades como Madrid, Barcelona, Valencia o Málaga, un joven (y no tan joven) necesita destinar más del 50-60% de su sueldo neto solo para tener un techo. La vivienda ha pasado de ser un derecho o una inversión a convertirse en un artículo de absoluto lujo.
- La cesta de la compra: La inflación acumulada en los últimos años ha hecho que ir al supermercado parezca una experiencia de alta joyería. El aceite de oliva cotiza a precio de unicornio y llenar el carro cuesta el doble que hace unos años, mientras los salarios reales siguen subiendo en el «país de las maravillas» de los datos oficiales, pero no en tu cuenta bancaria.
- La sanidad y los servicios: Listas de espera kilométricas para una ecografía, urgencias colapsadas y profesionales quemados. Pagamos impuestos del primer mundo para recibir, cada vez más, una gestión que rasca el aprobado justo.
¿Y cuál es la solución que nos proponen desde la moqueta?
Más ruido.
Más banderas.
Más cortinas de humo para que no mires el precio del litro de leche ni te preguntes por qué sigues compartiendo piso con tres desconocidos a los 35 años.
Menos bufandas y más hojas de reclamaciones
El gran engaño de la polarización es hacernos creer que el enemigo es tu vecino, el pescadero o tu cuñado porque votan distinto a ti.
Spoiler: ellos sufren la misma inflación, pagan la misma gasolina cara y van a la misma sala de espera de urgencias que tú.
Los partidos políticos no son ONGs, ni religiones, ni el club de tus amores.
Son empresas de gestión de recursos públicos.
Si contratas a un fontanero para arreglar una gotera en casa y te destroza el baño, te roba las joyas y encima te insulta, no le vuelves a llamar solo porque sea simpático o lleve una camiseta de tu color favorito.
Le pones una denuncia y buscas a otro.
Va siendo hora de que bajemos las banderas, guardemos las bufandas y empecemos a comportarnos como clientes exigentes.
Menos aplaudir colores y más exigir resultados.
Porque al final, si la casa se cae a pedazos, nos va a pillar debajo a todos, sin importar de qué lado de la trinchera nos pille el derrumbe.
Gasolina al fuego: El negocio redondo de tenernos cabreados
Detrás de este odio colectivo y de las discusiones de bar hay gente ganando muchísimo dinero, y no, no hablo solo de los políticos.
Hablo de los medios de comunicación y de las redes sociales, que han descubierto que la indignación ciudadana es el negocio más rentable del siglo XXI.
El interés por las noticias ha subido más de un 50% en los últimos años, pero a la vez, a la inmensa mayoría de los ciudadanos nos preocupa enormemente la desinformación, las medias verdades y los bulos que circulan a diario.
¿Por qué ocurre esto?
Porque la moderación no vende periódicos, no da audiencia en las tertulias de la tele ni genera interacciones en X (Twitter) o TikTok.
El truco actual de los medios es el clickbait del enfado.
Si un canal de televisión saca a un analista matizado explicando pacíficamente un problema complejo sobre la vivienda, la gente cambia de canal.
Pero si sientas en un plató a dos tertulianos a gritarse e insultarse, la audiencia se dispara.
Titulares del estilo «El brutal zasca que destroza a la izquierda» o «La última de la derecha rancia» son fábricas de clics diseñadas para que entremos en masa a pelearnos en los comentarios.
En las redes sociales, los algoritmos hacen el resto del trabajo sucio: están programados para mostrarte únicamente lo que te va a hacer enfadar o lo que va a dar la razón a tus propios sesgos de forma extrema, encerrándote en una burbuja.
El resultado es un ecosistema mediático donde muchos periodistas han dejado de controlar al poder para convertirse en hooligans de partido.
Se ha pasado de informar a alimentar a los leones de cada bando.
Nos usan como granja de clics para inflar sus cuentas de beneficios mientras, de paso, dinamitan la convivencia en la calle.
¡Cuidado, que viene la extrema derecha!: El espantapájaros favorito
Nos pasamos el día escuchando alertas apocalípticas sobre el avance del fascismo mientras las facturas siguen llegando a casa con total puntualidad.
¿Es una amenaza real para las libertades o la cortina de humo perfecta para tapar que la gestión económica hace aguas por todas partes?
El análisis del último gran truco del márketing político en España.
No hay día en el que no abras un periódico afín al Gobierno, sintonices el telediario o escuches una tertulia y no suene la famosa alarma: «¡Alerta antifascista! ¡Cuidado, que viene la extrema derecha!».
Te lo pintan como si estuviéramos a cinco minutos de volver al blanco y negro, con el No-Do abriendo la programación y los derechos sociales metidos en un cajón bajo llave.
El relato es tan épico que parece que votar al Gobierno actual no es elegir una opción política, sino unirse a la Resistencia para salvar la galaxia.
Pero claro, cuando apagas la pantalla y sales a la calle, te das cuenta de que el verdadero peligro que te está asfixiando cada mes no lleva camisa azul, roja, verde o morada, sino un código de barras.
El enemigo exterior: El manual del perfecto gobernante
Tener un enemigo temible a las puertas es el mejor chollo que le puede pasar a cualquier gobierno que no sabe cómo arreglar los problemas de su país.
Es de primero de márketing político.
Si la gente está muerta de miedo pensando en que la «extrema derecha» va a ilegalizar cosas y a romper el Estado del bienestar, automáticamente deja de hacer preguntas incómodas sobre el presente.
Gracias a este relato de «nosotros o el caos», se desactivan los debates que de verdad importan:
- ¿La vivienda está imposible? «Bueno, sí, es verdad que compartes piso con 35 años, pero piensa que si gobiernan los otros será mucho peor».
- ¿La inflación te está comiendo el sueldo? «Ya, la cesta de la compra es un atraco, pero lo importante hoy es frenar la extrema derecha».
- ¿Casos de corrupción rondando el entorno del partido? «Eso son ataques de la máquina del fango orquestados por la ultraderecha».
Es una jugada maestra.
El miedo funciona como una anestesia general.
Te quejas menos de los recortes encubiertos en sanidad o de la subida de impuestos si te convencen de que la alternativa es el fin de la democracia.
El resultado es que pasamos meses discutiendo sobre cordones sanitarios, mientras los problemas materiales —el dinero que no llega a fin de mes— sigue estancándose.
La gestión de la Inmigración
Aquí nos adentramos en un tema sensible.
Se ha convertido en uno de los debates más polarizados del país, escalando con fuerza en la lista de preocupaciones ciudadanas.
El debate ya no se enfoca en cómo integrar, gestionar recursos o solucionar la falta de mano de obra en sectores clave; se ha llevado al terreno del miedo absoluto.
Se tacha de racista automáticamente a cualquiera que plantee preguntas serias sobre la saturación de los servicios de acogida o la falta de control en las fronteras.
Un dilema complejísimo rebajado a base de demagogia.
Los «Ecotrincheras» y el Cambio Climático
La transición ecológica se ha vuelto otro campo de batalla.
Ya no se discute de forma técnica si hay que poner placas solares o regular el agua.
El debate actual enfrenta a quienes defienden restricciones climáticas severas a golpe de multas e impuestos (acusando al resto de insolidarios negacionistas) contra quienes ven en la Agenda 2030 una conspiración de las élites para destruir el campo, la ganadería y la industria española.
El resultado: agricultores y ciudadanos asfixiados atrapados en medio de una guerra ideológica.
Pero no pasa nada, hay que frenar a la ultraderecha.
El feminismo de trinchera y las Leyes de Género
Cualquier avance social, reforma del código penal o lenguaje inclusivo se lleva al extremo radical en cuestión de horas.
El debate en España ha dejado de ser constructivo sobre cómo erradicar la violencia o cerrar la brecha salarial; se ha convertido en una guerra identitaria donde un bando acusa a las instituciones de imponer una «dictadura de género que criminaliza a los hombres» y el bando contrario etiqueta de «machista peligroso» a todo el que critique los fallos jurídicos de ciertas leyes.
El consenso social se ha roto por completo y son las víctimas las que sufren esta locura.
Pero no pasa nada si hay víctimas y no hay soluciones, porque así frenamos a la extrema derecha.
La lengua y el puzzle Territorial
El clásico que nunca muere en España, pero adaptado a la crispación moderna.
El debate sobre el uso de las lenguas cooficiales en el Congreso, la educación autonómica o la financiación «singular» para territorios como Cataluña sigue dividiendo al país en dos bloques sordos.
Para unos, cualquier cesión es la «ruptura irreversible de España y una traición histórica»; para otros, cualquier queja sobre la discriminación del castellano es «fobia centralista y fascismo».
Nadie escucha, nadie cede, pero los bloques se aseguran los votos de sus respectivos públicos.
La clave del asunto: Si te fijas bien, todos estos temas tienen algo en común: dividen perfectamente a la sociedad en un «conmigo o contra mí».
Mientras nos destrozamos defendiendo posturas extremas en estos debates identitarios, las cifras de la vivienda siguen rompiendo récords históricos y la precariedad laboral sigue ahí.
La crispación no busca solucionar estos problemas ni mejorarte la vida; busca ganar votos.
Eso, tomarte el pelo.
La resistencia consiste en algo mucho más revolucionario, barato y escaso: el sentido común.
En una España que pretenden dividir en dos mitades irreconciliables, pararse a pensar por uno mismo y exigir gestión y cuentas claras en lugar de ideología es el único camino para no acabar pagando la fiesta.
Porque te recuerdo. La pagas tú.
No hace falta estudiar ciencias políticas en Lovaina ni leerse los programas electorales de cabo a rabo; basta con recuperar el sentido común, ese que aplicas cada mañana para estirar el sueldo o para sacar adelante a tu familia.
¿Y que dice el sentido común?
Dice que si la cesta de la compra te cuesta el doble, si tus hijos no pueden independizarse ni a los treinta años y si tardan nueve meses en darte cita con el especialista médico, el Gobierno, aunque sea de tu color, lo está haciendo tremendamente mal.
Te da igual que se pongan la medalla de los más progresistas de la historia o que se envuelvan en la bandera del patriotismo más puro. Las cosas del comer y del vivir no entienden de ningún relato.
Hay que plantarse y decir BASTA.
Dejemos de comprar el discurso del miedo que nos divide entre vecinos, amigos y familiares por temas prehistóricos o polémicas para anular el debate.
¡Oye! Que no han inventado nada eh. Esto ya se sabe desde hace dos siglos. Si, lo dijo Julio César: divide y vencerás.
Tratemos a los políticos como lo que son: empleados al servicio público.
Menos tragar y menos aplaudir.
Sentido común y cuentas claras. FIN.