Recreación digital de la Cueva 338
La Cueva 338 en el valle de Núria revela una ocupación humana masiva hace 5.000 años que tumba las teorías sobre la vida en la alta montaña.
Lo que durante décadas se consideró un territorio hostil y marginal para nuestros antepasados acaba de dar un vuelco de 180 grados.
Un equipo internacional, liderado por la UAB y el IPHES-CERCA, ha sacado a la luz la Cueva 338, un yacimiento situado a más de 2.000 metros de altitud que no fue un refugio de paso, sino un centro de operaciones intensivo.
Este hallazgo en el valle de Núria demuestra que, ya en el Neolítico, los seres humanos dominaban las cumbres pirenaicas con una planificación que ha dejado boquiabiertos a los arqueólogos.
Una mina de cobre en las nubes
La importancia de la Cueva 338 radica en su uso continuado desde el V milenio a.C. hasta el final del I milenio a.C.
No se trata de visitas esporádicas de cazadores perdidos, sino de una explotación sistemática de recursos.
Lo más sorprendente ha sido el hallazgo de minerales verdes, identificados como malaquita, que posicionan a este lugar como uno de los puntos de explotación de cobre más antiguos de toda Europa occidental.
Los datos técnicos de la excavación revelan una complejidad asombrosa:
- Estructuras de combustión: Numerosas hogueras que indican una organización espacial interna para el procesado de materiales.
- Procesado de minerales: Se han encontrado evidencias de que los minerales eran introducidos en la cavidad para ser fragmentados o procesados allí mismo.
- Cronología extensa: Ocupaciones recurrentes documentadas durante más de 5.000 años.
- Logística estacional: Un sistema de movilidad bien estructurado donde las comunidades regresaban a la cueva de forma planificada.
Símbolos de estatus y retos extremos
A pesar de la altitud y la dureza del entorno, los habitantes de la Cueva 338 no solo pensaban en la supervivencia y la minería.
Los arqueólogos han recuperado piezas de ornamentación personal con una carga simbólica profunda: un colgante fabricado con una almeja marina —lo que demuestra conexiones con la costa— y otro, mucho más inusual, elaborado con un diente de oso pardo.
Carlos Tornero, primer autor del estudio, destaca que realizar esta investigación ha sido un «reto logístico» sin precedentes.
Al no permitirse el acceso motorizado, todo el material, sedimentos y herramientas tuvieron que ser transportados a mano, subiendo y bajando la montaña con estándares científicos de alta resolución y registros tridimensionales.
Un cambio de paradigma en la arqueología europea
Este yacimiento obliga a reescribir los libros de texto. Como señala Eudald Carbonell, coautor del estudio, «la montaña no era un límite, sino un territorio activo».
La Cueva 338 demuestra que los Pirineos estaban plenamente integrados en la economía de la Prehistoria reciente.
El sitio ha sido ya protegido y restringido para garantizar que este tesoro de la alta montaña siga revelando cómo aquellas comunidades dominaron el frío y la altura para forjar las primeras industrias del metal.