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Compartir piso con amigos o convivir con una pareja provoca que las bacterias intestinales de los habitantes se vuelvan más similares. Un estudio realizado en aves sugiere que la cercanía social y el contacto directo facilitan el intercambio de microbios beneficiosos, un fenómeno que también ocurre en los hogares humanos a través de la interacción diaria.
Por: A. Lagar | 17 de abril de 2026
Vivir con personas de confianza implica mucho más que dividir el alquiler o repartir las tareas de limpieza. Las cenas conjuntas, las charlas en el pasillo o simplemente compartir el sofá son momentos que convierten una casa en un hogar. Sin embargo, un nuevo estudio revela que estos vínculos sociales también tienen un impacto invisible: moldean el ecosistema de microorganismos que habitan en nuestro sistema digestivo.
Investigadores de la Universidad de East Anglia, en el Reino Unido, han analizado una colonia de reinitas de las Seychelles para entender cómo se propagan los microbios. Los resultados, publicados en la revista Molecular Ecology, demuestran que los ejemplares que pasan más tiempo juntos tienen microbiomas intestinales mucho más parecidos entre sí que aquellos que no interactúan.
Un laboratorio en una isla aislada
Para desentrañar este proceso, los científicos se trasladaron a la isla Cousin, un entorno pequeño y aislado donde las aves nunca abandonan su territorio. Este escenario permitió marcar a cada individuo y realizar un seguimiento exhaustivo de su comportamiento y salud durante años, recopilando cientos de muestras fecales para analizar sus bacterias «buenas».
El equipo comparó los perfiles de parejas reproductoras, ayudantes y aves que vivían en grupos diferentes. Gracias a este seguimiento, confirmaron que no es solo el entorno compartido lo que iguala la microbiota, sino la intensidad de la cercanía social y el contacto físico directo entre los miembros del grupo.
El intercambio de bacterias anaeróbicas
Uno de los hallazgos más relevantes es que la convivencia favorece el intercambio de bacterias anaeróbicas. Estos microorganismos son vitales para la digestión y el sistema inmunitario, pero tienen una particularidad: solo pueden sobrevivir y propagarse mediante un contacto muy cercano, ya que prosperan en condiciones libres de oxígeno dentro del intestino.
En las aves estudiadas, aquellas que compartían el nido presentaban una enorme similitud en este tipo de bacterias. Según los investigadores, este fenómeno es directamente extrapolable a los seres humanos: acciones cotidianas como besarse, abrazarse o incluso compartir los espacios de preparación de la comida fomentan que los microbiomas de los convivientes se sincronicen silenciosamente.
Beneficios para la salud
Los autores del estudio señalan que este intercambio constante podría tener efectos positivos para la salud de todo el grupo conviviente. Al compartir bacterias anaeróbicas beneficiosas, se fortalece la inmunidad colectiva y se mejora la salud digestiva de quienes habitan bajo el mismo techo.
Este descubrimiento arroja luz sobre estudios previos en humanos que ya habían observado similitudes entre cónyuges, incluso cuando sus dietas eran diferentes. Ahora se confirma que la interacción social por sí misma actúa como un puente para los microbios, moldeando el ecosistema microscópico que cada persona lleva en su interior.
Invisible pero compartido
Es curioso pensar que, mientras decidimos quién saca la basura o qué serie ver en el salón, nuestros cuerpos están negociando un intercambio biológico constante. Compartir piso con amigos o vivir en familia es, en esencia, un acto de fusión bacteriana. Aunque a veces la convivencia sea complicada, la ciencia nos dice que esas «noches de manta y sofá» están haciendo algo más que crear recuerdos: están reforzando nuestras defensas de manera silenciosa. Al final, los microbios de las personas que queremos terminan siendo, literalmente, parte de nosotros mismos.