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España se convierte en el mecenas del audiovisual africano con 50.000 euros de dinero público, una apuesta que genera tantas preguntas como respuestas.
La noticia ha saltado directamente de las páginas del Boletín Oficial del Estado: la AECID (nuestra Agencia de Cooperación) ha decidido que el cine africano necesita un empujón y nosotros vamos a ser quienes lo financien. En un momento donde la cultura local siempre pide «un poco más», ver cómo 50.000 euros vuelan hacia un festival que une Tarifa con Tánger puede escocer a más de uno. Pero, ¿qué hay detrás de este movimiento?
¿Cultura o diplomacia?
Seamos claros: nadie da dinero gratis porque sí. Para el Gobierno, esto no es solo «cine», es diplomacia blanda. Se trata de usar la cultura como un puente para tener influencia en el continente vecino. Sin embargo, la crítica es inevitable:
- El «Logo-centrismo»: El convenio dedica casi más espacio a explicar dónde y cómo debe aparecer el logo de la Cooperación Española que a la calidad de las películas. Parece que compramos visibilidad.
- Prioridades en casa: Mientras muchos creadores nacionales sufren para levantar sus proyectos, el presupuesto se destina a profesionalizar el sector en otros países. Es el eterno dilema: ¿debemos arreglar nuestra cocina antes de pintar la fachada del vecino?
- Burocracia dorada: De los 50.000 euros, una parte importante se va en «honorarios de gestión», «viajes» y «alojamientos de jurados». Al final, el premio real para el cineasta es de 3.000 euros; el resto se queda por el camino.
El beneficio (invisible) de la duda
La otra cara de la moneda nos dice que África es un mercado gigante que España no quiere ignorar. Apoyar su cine es, en teoría, fomentar su desarrollo económico para que no todo sea pedir ayuda humanitaria. Es una inversión a largo plazo: si su industria cultural crece, su economía también, y eso —sobre el papel— debería estabilizar la región.
Pero no nos engañemos, la sensación de que estamos «pagando la fiesta» en el Estrecho mientras aquí se aprietan los cinturones sigue ahí. Es un equilibrio difícil entre ser un país solidario y ser un país que gestiona sus recursos con lupa.
Si este año ves que el Festival de Tarifa tiene más fuerza que nunca, ya sabes quién ha pagado la cuenta. Ahora solo falta que las películas estén a la altura del presupuesto.