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El brote detectado en América del Sur pertenece a la estirpe Andes, una variante de hantavirus que destaca por su capacidad de contagio entre personas.
Aunque su reservorio natural es un roedor exclusivo de Sudamérica, su alta letalidad y el riesgo de transmisión por contacto estrecho han puesto en alerta a los expertos en salud pública a nivel global.
Por: A. Lagar | 13 de mayo de 2026
Los hantavirus no son desconocidos para la ciencia, pero la variante Andes guarda una particularidad que la diferencia de todas las demás.
Mientras que en la mayoría de estos virus el contagio ocurre solo de animales a humanos, este tipo específico permite la transmisión entre personas.
El patógeno vive de forma natural y asintomática en el ratón colilargo (Oligoryzomys longicaudatus), un pequeño roedor que habita únicamente en las regiones patagónicas de Argentina y Chile. Sin embargo, cuando el virus salta al ser humano, el escenario cambia drásticamente.
Una amenaza para pulmones y corazón
A diferencia de las variantes europeas, que suelen afectar a los riñones, el virus Andes puede provocar el síndrome cardiopulmonar por hantavirus (SCPH).
Esta afección ataca directamente a los pulmones y al corazón, presentando una mortalidad que oscila entre el 35 % y el 50 %.
La infección suele comenzar de forma engañosa, con síntomas muy parecidos a los de una gripe: fiebre, dolor muscular, escalofríos y cefaleas.
Esta fase inicial dura entre 3 y 6 días antes de que aparezca la dificultad respiratoria grave que pone en riesgo la vida del paciente.
El riesgo del contacto estrecho
La forma más común de contraer la enfermedad es inhalando aerosoles de heces, orina o saliva de roedores infectados en espacios cerrados o zonas agrícolas. Pero en el caso del virus Andes, el contagio interhumano es una realidad documentada, aunque poco frecuente.
Este contagio se produce por contacto directo y prolongado con secreciones como la saliva o el semen.
El brote de Epuyén en 2018 fue un ejemplo claro: el análisis genético confirmó que el virus se propagó en eventos sociales, descartando que cada enfermo se hubiera infectado por exposición al entorno natural.
Sin vacuna ni tratamiento específico
En la actualidad, no existe una terapia antiviral ni una vacuna autorizada para combatir este patógeno.
La clave para la supervivencia reside en el tratamiento de soporte, enfocado en aliviar los síntomas y mejorar la calidad de vida del enfermo en hospitales especializados.
El diagnóstico temprano se complica debido al periodo de incubación, que puede ir desde los 4 hasta los 42 días. Esta ventana temporal explica por qué los casos suelen aparecer de forma escalonada, dificultando el rastreo inicial de los brotes.
Un riesgo bajo para Europa
Pese a la inquietud, el Centro Europeo para la Prevención y Control de Enfermedades (ECDC) considera que el riesgo para la población española y europea es muy bajo.
La razón principal es biológica: el ratón colilargo no existe en Europa, por lo que el virus no puede volverse endémico fuera de Sudamérica.
Además, la transmisión entre personas no es autosostenida fuera de núcleos de contacto muy estrecho.
Por ahora, las autoridades apuestan por la coordinación internacional y el aislamiento de casos como las medidas más eficaces para contener cualquier foco antes de que se propague.


