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Los neurocientíficos están obsesionados con los cefalópodos, unos seres con tres corazones y sangre azul que han desarrollado una inteligencia asombrosa de forma totalmente independiente a nosotros.
Un diseño alienígena en las profundidades
Imagínate un animal sin un solo hueso, con tres corazones latiendo en su interior y una sangre azul digna de la realeza galáctica. Los pulpos, calamares y sepias no son solo curiosidades marinas; son el mayor desafío para la neurociencia moderna.
Mientras que los humanos y el resto de vertebrados hemos seguido un camino evolutivo, estos moluscos se separaron de nuestro linaje hace más de 600 millones de años.
Su último ancestro común fue algo parecido a un gusano con un sistema nervioso de lo más básico. Sin embargo, por pura evolución convergente, han acabado con ojos asombrosamente parecidos a los nuestros y una capacidad cerebral que rompe todos los esquemas de lo que significa ser un invertebrado.
La inteligencia del «espagueti gris»
A diferencia de nuestro cerebro centralizado, el pulpo ha optado por una distribución mucho más «democrática». Su sistema nervioso es un órgano con forma de rosquilla que rodea el esófago, pero lo más loco es lo que ocurre en sus tentáculos:
- Más de la mitad de sus neuronas están en sus brazos.
- Cada brazo funciona como un «minicerebro» capaz de sentir, oler y actuar.
- Su tejido nervioso ha sido descrito por expertos como un «horrible espagueti gris» que, sorprendentemente, sigue una lógica impecable.
Habilidades que te dejarán helado
Estos animales de cuerpo blando no solo son listos «para ser bichos», tienen capacidades que envidiarían muchos mamíferos:
- Resolución de problemas: Son expertos en escapar de laberintos y abrir frascos.
- Uso de herramientas: Saben utilizar objetos del entorno para protegerse o cazar.
- Memoria de elefante: Tienen recuerdos a corto y largo plazo muy desarrollados.
- Autocontrol: Son capaces de posponer una gratificación inmediata, una señal clara de inteligencia superior.
Neurociencia 2.0: Del ratón al calamar
Durante décadas, la ciencia se centró en ratones y moscas. Pero ahora, gracias a herramientas como el CRISPR y la secuenciación del genoma del pulpo en 2015, los laboratorios están cambiando el chip. Investigadores de universidades como Harvard, Stanford o Columbia están adaptando técnicas genéticas de vanguardia para entender cómo funcionan estos enigmáticos seres.
Lo que están descubriendo es fascinante. En el lóbulo óptico del pulpo, por ejemplo, han encontrado una organización en capas que nadie sospechaba. Incluso han detectado que los pulpos cambian de color rápidamente mientras duermen, lo que ha llevado a los científicos a hacerse la pregunta del millón: ¿sueñan los pulpos con presas eléctricas?
Diferencias químicas que lo cambian todo
Incluso cuando los resultados son similares, los métodos biológicos son distintos. Por ejemplo, se ha descubierto que los receptores de dopamina en el sistema visual del pulpo funcionan como canales iónicos directos, mientras que en los humanos requieren una señalización bioquímica mucho más lenta y compleja. Es, literalmente, otra forma de construir una máquina de pensar.
El dilema ético de un cerebro brillante
No todo es curiosidad científica. Al descubrir que estos animales sienten dolor y tienen una vida emocional compleja, ha surgido un debate necesario sobre su bienestar.
Mientras que en Europa y el Reino Unido existen leyes estrictas que exigen anestesia y cuidados específicos para los cefalópodos en investigación, en otros lugares como Estados Unidos o Japón todavía hay un vacío legal.
La neurobióloga Robyn Crook lidera investigaciones para encontrar analgésicos específicos, ya que los medicamentos humanos no funcionan con ellos. Es un terreno pantanoso: estamos ante seres tan inteligentes que ignorar su capacidad de sufrimiento empieza a ser científicamente indefendible.
Estudiar a los pulpos no es solo una cuestión de biología marina. Es la oportunidad de oro para entender si existen reglas universales para la inteligencia o si, simplemente, la naturaleza ha encontrado mil formas distintas de encender la chispa de la conciencia.

