Imagen: San Fermín Pamplona
Imagínate una ciudad tranquila de unos 200.000 habitantes que, de repente, en cuestión de horas, explota y se convierte en el epicentro mundial de la fiesta, llegando a acoger a más de 1,8 millones de almas vestidas de blanco y rojo. Esta es, la historia de San Fermín.
Por A. Lagar | 08 de julio de 2026
Pura locura, ¿verdad? Así son los Sanfermines.
No es solo correr delante de seis toros de media tonelada o beber hasta que salga el sol; es una tradición centenaria que tiene de todo: devoción, rebelión, un escritor estadounidense con ganas de marcha y mucha, mucha adrenalina.
Ponte el pañuelo al cuello, que nos vamos a Pamplona.
¿Pero esto de dónde sale? El mix perfecto
Vamos a desmontar el primer gran mito: San Fermín no es el patrón de Pamplona.
¡Sorpresa!
Ese título lo ostenta San Saturnino, cuya fiesta en noviembre es muchísimo más tranquila.
San Fermín es el copatrón de toda Navarra.
Resulta que el origen de esta macrofiesta es, en realidad, un «tres en uno».
Por un lado, estaban los actos religiosos en honor al santo, que originalmente se celebraban en otoño, el 10 de octubre.
Por otro lado, unas ferias comerciales que se hacían a principios de verano, aderezadas con corridas de toros desde el siglo XIV.
Claro, en octubre en Pamplona el clima te puede jugar malas pasadas. Así que, con muy buen criterio, en 1592 los pamploneses le dijeron al obispo: «¿Y si juntamos todo en julio, que hace mejor tiempo?»
Dicho y hecho.
Fusionaron la devoción, el comercio y los toros, arrancando la tradición el séptimo día del séptimo mes.
Habían nacido los Sanfermines tal y como los empezamos a conocer hoy.

El Chupinazo: 12 del mediodía, estalla la locura
Si hay un momento que te pone los pelos de punta, es el 6 de julio a las 12:00 del mediodía.
La Plaza del Ayuntamiento está tan a reventar que no cabe ni un alfiler, y un mar de pañuelos rojos se alza esperando el estallido.
Pero ojo, que esto del «Chupinazo» oficial y solemne no es tan antiguo como parece.
A principios del siglo XX, simplemente venía un empleado de la pirotecnia, encendía unos cohetes en la Plaza del Castillo para avisar de que empezaban las fiestas, y a otra cosa.
En los años 30, la gente empezó a arremolinarse para ver el momento, y algunos pamploneses (como Juan Echepare) pedían encender la mecha.
Fue en 1939 cuando a un concejal llamado Joaquín Ilundain se le ocurrió darle más «bombo» al asunto, y en 1940 se lanzó por primera vez desde el balcón principal de la Casa Consistorial.
Desde 1941, la fórmula es sagrada: «Pamploneses, Pamplonesas, ¡Viva San Fermín! Gora San Fermin!».
Y ahí, amigo, es cuando la ciudad se transforma.

El Encierro: 849 metros de pura adrenalina
Hablemos de la joya de la corona, lo que hace que medio planeta ponga los ojos en las calles de Pamplona a las 8:00 de la mañana todos los días del 7 al 14 de julio.
El encierro no nació como un deporte de riesgo, sino por pura necesidad logística.
En la Edad Media, los pastores tenían que llevar a los toros desde las afueras de la ciudad hasta la plaza.
La gente, a caballo o a pie, iba detrás ayudando a arrearlos.
Pero a finales del siglo XIX, a los carniceros del Mercado de Santo Domingo se les cruzaron los cables y decidieron que era más divertido correr delante de los toros, desafiando todas las prohibiciones de la época.
Así nació la costumbre.

Hoy es una carrera vertiginosa de 849 metros que los astados y cabestros suelen devorar en apenas dos o tres minutos, corriendo a unos 25 km/h.
Eso sí, la tensión es real.
Tres minutos antes de que suene el cohete, a las 07:55, 07:57 y 07:59, los mozos le cantan al santo en la Cuesta de Santo Domingo, periódico en mano, pidiendo su protección.
Y la necesitan.
Desde que hay registros en 1924, 15 personas han perdido la vida en esta carrera, siendo la última el joven Daniel Jimeno en 2009.
Es una mezcla de tradición, respeto absoluto al toro y, reconozcámoslo, un puntito de locura.

Hemingway, el «guiri» que lo cambió todo
Si Pamplona es un imán mundial, en gran parte se lo debe a un «guiri» que se enamoró perdidamente de la ciudad: Ernest Hemingway.
El tío llegó con 24 años en 1923, vio el percal, alucinó con las corridas y la fiesta, y usó todo eso para escribir su famosa novela Fiesta (The Sun Also Rises) en 1926.
Hemingway lo flipó tanto que volvió un montón de veces hasta 1959.
En su libro, relata escenas súper vívidas e incluso ficciona la muerte real de un mozo (Esteban Domeño, fallecido en 1924) para darle dramatismo a la historia.
Gracias a esa novela, los Sanfermines dejaron de ser una celebración local para llenarse de estadounidenses, literatos y curiosos de todo el globo que querían vivir esa experiencia salvaje.

El Riau-Riau y otras movidas que no te puedes perder
Pero San Fermín no es solo correr y beber; tiene un alma cultural inmensa y súper rebelde.
¿Has oído hablar del Riau-Riau?
Es un acto no oficial que nació en 1914 cuando al carlista Ignacio Baleztena se le ocurrió entonar un vals para molestar y entorpecer el paso del Ayuntamiento.
Se convirtió en una tradición donde la gente bloqueaba la calle, haciendo que los políticos tardaran horas en recorrer 500 metros.
Ha sido tan polémico que se ha suspendido montones de veces por disturbios políticos, la última de manera oficial en los años 90, aunque los puristas de la fiesta lo siguen intentando revivir por su cuenta.

Además, si vas a Pamplona, no puedes perderte a los Gigantes y Cabezudos, unas imponentes figuras de casi 4 metros de altura creadas en 1860 por Tadeo Amorena, que representan a los reyes del mundo y bailan por las mañanas.
Y por las noches, a las 23:00, el cielo se ilumina con un alucinante concurso internacional de fuegos artificiales lanzados desde la Ciudadela.

Pobre de mí: El final de la montaña rusa
Todo lo bueno se acaba.
Tras ocho días viviendo en una especie de realidad paralela, llega la medianoche del 14 al 15 de julio.
La multitud vuelve a congregarse en la Plaza del Ayuntamiento, pero esta vez el ambiente es totalmente distinto.
Las velas se encienden, los pañuelos rojos se quitan del cuello y Pamplona entera canta con pena el Pobre de mí.

Es el final de la fiesta, sí, pero en el fondo, mientras cantan, todos los pamploneses saben que en ese mismo instante acaba de empezar la cuenta atrás para el año que viene.
Porque quien pisa los Sanfermines una vez, sabe que esa locura te atrapa para siempre.
¡Gora San Fermín!
