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Un equipo de la Universidad Johns Hopkins ha demostrado que la vida microbiana es capaz de sobrevivir a impactos brutales, reforzando la teoría de que la vida llegó del espacio.
Desde que el filósofo griego Anaxágoras habló hace 2.500 años sobre «semillas del cielo» cayendo a la Tierra, la humanidad ha jugueteado con una idea que parece sacada de una novela de Ray Bradbury: la panspermia.
¿Y si el origen de la vida no está en el barro de nuestro planeta, sino en las rocas de nuestro vecino rojo?
Lo que durante siglos fue considerado una fantasía peligrosa para el pensamiento medieval o una especulación de ciencia ficción, está pasando hoy por el filtro de la ciencia más rigurosa. Un nuevo estudio acaba de derribar uno de los muros más altos para esta hipótesis: la supervivencia al impacto.
El problema del huevo, la gallina y el ADN alienígena
La historia de la panspermia es un viaje de ida y vuelta. En el siglo XIX, científicos de la talla de Lord Kelvin o Hermann Richter ya sugerían que la vida era eterna en el universo y viajaba a bordo de meteoritos (litopanspermia).
Sin embargo, el momento más «loco» llegó en 1973. Nada menos que Francis Crick, el Nobel y codescubridor del ADN, propuso la panspermia dirigida.
Junto a Leslie Orgel, Crick planteó que la vida era tan compleja que debía haber sido sembrada deliberadamente por una civilización avanzada.
¿El motivo? Un dilema molecular: el ADN necesita proteínas para replicarse, pero las proteínas solo se fabrican con las instrucciones del ADN. Era el clásico problema de qué fue antes, el huevo o la gallina.
Años después, el descubrimiento de que el ARN puede actuar como catalizador resolvió el enigma sin necesidad de naves espaciales, y Crick dejó de hablar de hombrecillos verdes. Pero la semilla de la duda sobre el origen externo ya estaba plantada.
Microbios «terminator» en el laboratorio
Si la vida viajó de Marte a la Tierra, tuvo que superar un «vuelo» que haría palidecer a cualquier astronauta. El astrofísico de Harvard, Avi Loeb, sostiene que el intercambio de rocas entre ambos planetas ha sido constante.
El gran misterio era: ¿puede algo vivo aguantar el choque de un asteroide contra la superficie planetaria?
Para resolverlo, investigadores de la Universidad Johns Hopkins han utilizado a la Deinococcus radiodurans. No es una bacteria cualquiera; es una poliextremófila capaz de desayunar radiación, vacío y frío extremo.
- El Experimento: Embutieron a estos microbios entre placas de metal.
- El Bombardeo: Dispararon proyectiles a 480 km/h contra las placas.
- La Presión: Generaron fuerzas de hasta 3 gigapascales (GPa), lo que supone 10 millones de veces la presión atmosférica terrestre.
¿El resultado? Casi de película. Los microbios soportaron 1,4 GPa sin inmutarse, y el 60 % sobrevivió a 2,4 GPa. Según Lily Zhao, autora del estudio, eran «realmente difíciles de matar». De hecho, el soporte metálico sufrió más que las propias bacterias.
Si pueden sobrevivir al lanzamiento desde Marte, la posibilidad de que seamos descendientes de microbios marcianos ya no suena tan descabellada.
Las tres modalidades de la vida viajera
La ciencia actual desglosa la panspermia en tres niveles de credibilidad:
- Pseudopanspermia (Aceptada): Los ladrillos básicos de la vida (aminoácidos, moléculas orgánicas) viajan en cometas y asteroides. Esto está científicamente probado.
- Litopanspermia (En estudio): Microbios reales viajando protegidos dentro de rocas. El meteorito marciano ALH84001, hallado en la Antártida en 1996, fue el primer candidato serio, aunque sus supuestos microfósiles siguen bajo debate.
- Radiopanspermia: Esporas empujadas por la presión de la radiación estelar a través del vacío.
El viaje de 40 grados que lo cambia todo
Uno de los datos más reveladores que cita Loeb es que el meteorito marciano ALH84001 completó su viaje hasta la Tierra sin que su interior superara los 40 °C. Esto significa que, si hubiera habido bacterias en su núcleo, no habrían muerto «asadas» durante la entrada en la atmósfera.
Aun así, el camino es largo. Sobrevivir al impacto es solo el primer paso. Luego queda el «crucero» espacial: años de temperaturas de congelación, ausencia total de nutrientes y el bombardeo constante de rayos cósmicos.
Como dice el director del estudio, Kaliat Ramesh, sigue pareciendo algo improbable, pero la ciencia acaba de demostrar que es mucho menos improbable de lo que pensábamos. Marte pudo ser el jardín original y la Tierra, simplemente, el terreno fértil donde germinó la semilla.