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El Ayuntamiento busca artesanos para confeccionar los espolines de las próximas máximas representantes, un tesoro de seda que sigue reglas de hace 25 años.
Si hay un momento en el que el tiempo se detiene en València, es cuando una Fallera Mayor desciende de su coche y revela, por fin, el color de su traje oficial.
Ese tejido, que es mucho más que una tela, acaba de iniciar su viaje técnico hacia el futuro.
El Ayuntamiento de València ha aprobado ya los pliegos para contratar la elaboración de los espolines para las falleras de los ejercicios 2027 y 2028, una licitación dividida en dos lotes que suma un total de 94.380 euros.
No es solo un contrato, es el encargo de mantener viva una artesanía que no admite máquinas eléctricas, solo el esfuerzo y la pericia del tejedor.
Un presupuesto para la excelencia
La convocatoria se ha estructurado para cubrir los dos próximos años de reinado, asegurando que los telares no dejen de sonar. Las cifras desglosadas reflejan la magnitud de este patrimonio:
- Lote 1 (Falleras Mayores): 49.005 euros para las telas de 2027 y 2028.
- Lote 2 (Falleras Mayores Infantiles): 45.375 euros para los mismos ejercicios.
Cada una de las piezas es única. Para las adultas, se requieren exactamente 13,50 metros de tela, mientras que para las infantiles la cifra se sitúa en 12,50 metros.
Además, el contrato incluye la seda lisa para el corpiño de manga larga, exigiendo 3,50 metros adicionales de seda artesanal del mismo tono exacto que el espolín.
6.800 hilos y 33 colores
Para quien crea que es solo «tela», los requisitos técnicos demuestran que estamos ante ingeniería artística del siglo XVIII.
El pliego de condiciones es extremadamente rígido para garantizar la exclusividad.
En el caso del espolín de la Fallera Mayor, los talleres deben cumplir con:
- Máquina de 400 agujas: Para lograr una simetría perfecta «en espejo».
- Urdimbre de seda natural: 6.848 hilos de seda 20/22 con 3 cabezas.
- Densidad de infarto: 18 pasadas por centímetro al raso, más 84 pasadas de matices.
- Gama cromática: Un total de 33 colores diferentes para dar vida al dibujo.
Para las infantiles, la complejidad aumenta para evitar repeticiones: se usa una máquina de 800 agujas que permite un dibujo asimétrico en todo el ancho de la tela (54 cm), elevando los colores hasta los 36 tonos.
El certificado que garantiza la tradición
No cualquier taller puede optar a tejer estos sueños. La normativa es clara: los espolines deben fabricarse de forma enteramente manual, utilizando los medios tradicionales de los siglos XVIII y XIX.
Nada de energía eléctrica; solo manos expertas. Para evitar «trampas» industriales, los licitadores deben presentar un certificado de ATEVAL que garantice que sus telares son auténticamente artesanales.
El calendario del misterio
Aunque el concurso público se lance ahora, el proceso emocional comienza cada octubre tras el nombramiento oficial. Es entonces cuando la Fallera Mayor y la Infantil eligen, en el más absoluto de los secretos, los colores que marcarán su año.
Sin embargo, el artesano no tiene margen de error: la fecha máxima de entrega de los espolines falleras es el 30 de noviembre de cada año, para que los indumentaristas tengan tiempo de confeccionar los trajes que se estrenarán en las solemnes Exaltaciones de enero.
Este proceso, que cumple ya más de un cuarto de siglo bajo supervisión municipal, asegura que la joya de la corona de la indumentaria valenciana siga siendo eso: una pieza de museo que se luce por las calles de València.