Imagen cortesía de Movistar Plus
El 23 de enero de 1995, un tiro en la nuca en la Parte Vieja de San Sebastián acabó con la vida de Gregorio Ordóñez, pero encendió una mecha social imparable.
Por A. Lagar | 8 de junio de 2026
El día que las balas no pudieron callar
Hay fechas que se quedan grabadas a fuego en el ADN de un país, y el 23 de enero de 1995 es, sin duda, una de ellas. España entera se congeló cuando las agencias de noticias escupieron un teletipo urgente: un pistolero de la banda terrorista ETA había entrado en el emblemático bar La Cepa, en pleno corazón de la Parte Vieja de San Sebastián, y había asesinado a quemarropa a Gregorio Ordóñez Fenollar.
Tenía solo 36 años, una energía arrolladora y las encuestas de cara para convertirse en el próximo alcalde de la ciudad por el Partido Popular.
Fue un golpe seco, brutal y COBARDE.
Pero los terroristas cometieron un error de cálculo.
Pensaron que silenciando a Ordóñez amedrentarían a toda una sociedad; lo que consiguieron fue romper el el miedo.
Su muerte no fue una cifra más en la macabra lista de ETA: fue el Big Bang de la rebelión civil.
Ahora, cuando se cumplen tres décadas de aquella tragedia, el documental ‘Gregorio Ordóñez: El asesinato que despertó la rebelión contra ETA’ llega a las pantallas para recordarnos por qué su figura sigue siendo un faro de dignidad.
¿Quién era Gregorio Ordóñez?
Una infancia marcada por el desarraigo y la vocación
Para entender el magnetismo de Gregorio Ordóñez hay que bucear en sus raíces.
Nacido en Caracas, Venezuela, en 1958, regresó a España junto a su familia siendo un niño.
Estudió Ciencias de la Información en la Universidad de Navarra, una etapa que forjó su capacidad de comunicación y su afilado sentido de la réplica.
Su entrada en la política activa a comienzos de los años 80, en las filas de Alianza Popular (luego Partido Popular), no fue el camino fácil.
En Guipúzcoa, defender las siglas de la derecha democrática no era una opción de carrera; era una profesión de altísimo riesgo.
El huracán de San Sebastián: Un estilo directo y sin filtros
Ordóñez no era el típico político de despacho.
Tenía un estilo fresco, directo, a veces rozando la irreverencia, que conectaba de inmediato con el ciudadano de a pie.
En un contexto donde el nacionalismo dominaba las instituciones y el entorno de ETA asfixiaba las calles, él se pateaba los barrios de San Sebastián sin morderse la lengua.
Denunciaba el chantaje terrorista con nombres y apellidos, miraba a los ojos a los violentos y defendía una gestión municipal limpia y moderna.
Su popularidad creció como la espuma, rompiendo techos de cristal electorales y convirtiéndose en el teniente de alcalde de la ciudad y el candidato favorito a las elecciones de mayo de 1995.
La ejecución paso a paso
El bar La Cepa y el comando Donosti
Aquel lunes 23 de enero, San Sebastián respiraba la humedad clásica del invierno.
Gregorio Ordóñez se encontraba almorzando con sus compañeros del partido, entre ellos una joven María San Gil, en el bar La Cepa de la calle 31 de Agosto.
Era un lugar habitual, un espacio de normalidad dentro de la anomalía diaria de vivir con escolta.
Pasadas las dos de la tarde, un miembro del «comando Donosti» de ETA (posteriormente identificado como Francisco Javier García Gaztelu, alias ‘Txapote’) entró en el establecimiento con el rostro semioculto y, sin mediar palabra, disparó a Ordóñez por la espalda.
El impacto fue mortal de necesidad. El caos y el horror se apoderaron del local.

Cronología del Despertar Civil (1995)
Entre el 24 y el 25 de enero, la capilla ardiente y las primeras manifestaciones masivas espontáneas marcan un punto de inflexión.
En febrero, el germen del «Espíritu de Ermua» empieza a gestarse con fuerza en las aulas y calles vascas, culminando en mayo con las elecciones municipales, donde el Partido Popular logra un respaldo histórico en San Sebastián como un homenaje póstumo sin precedentes.
Una sociedad anestesiada por los «años de plomo»
Para captar la magnitud del suceso, hay que recordar cómo era la España de mediados de los 90. ETA golpeaba de forma sistemática a policías, militares, jueces y periodistas.
La sociedad vasca vivía sumida en lo que muchos sociólogos denominaron la «anestesia del miedo» o la «teoría del conflicto», donde el silencio era la mejor armadura de supervivencia.
Salir a la calle a protestar contra ETA implicaba, de forma automática, ser señalado, amenazado o repudiado por tu propio entorno.
El entorno de la izquierda abertzale radical dominaba la presión ambiental con la táctica de la «socialización del sufrimiento».

El asesinato de Gregorio Ordóñez rompió la presa del silencio. Algo hizo ‘clic’ en la cabeza de miles de personas que decidieron que ya basta.
Las calles de San Sebastián y de Bilbao, tradicionalmente silenciosas o copadas por los colectivos del entorno radical, se llenaron de rostros descubiertos y manos crispadas.
Ya no eran solo los partidos políticos; eran estudiantes, amas de casa, obreros y jubilados los que gritaban «¡Asesinos!» a las puertas de las sedes de Herri Batasuna.
Este tsunami de indignación civil fue el prólogo directo de lo que dos años más tarde, tras el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, se conocería mundialmente como el «Espíritu de Ermua».
La muerte de Ordóñez demostró que el terrorismo no era un problema de bandos políticos, sino un ataque frontal a los derechos humanos fundamentales.
La respuesta social cambió las dinámicas políticas y judiciales, forzando un aislamiento social de los violentos que, a la postre, resultaría definitivo para el fin de la banda.

Un diálogo doloroso y necesario
El regreso al origen de la pesadilla
Treinta años después de los disparos, Ana Iríbar, viuda de Gregorio, y su hijo Javier Ordóñez —quien era apenas un bebé cuando su padre fue asesinado— caminan juntos por primera vez por la calle 31 de Agosto con un objetivo: cruzar el umbral del bar La Cepa.
Este nuevo documental llegará para romper el blindaje del dolor familiar y ofrecer una perspectiva íntima e inédita.
El diálogo entre madre e hijo frente al lugar exacto del crimen se convierte en un monumento a la memoria viva.
Javier, que ha crecido con la sombra heroica de un padre al que no pudo conocer, confronta el espacio físico del horror arropado por la entereza de una madre que ha dedicado su vida a que el nombre de Gregorio Ordóñez no se diluya.
Es un documento crudo, donde las miradas y los silencios pesan más que cualquier discurso político.

Por qué este documental sigue escociendo hoy en día
En la España actual, el debate sobre el relato del fin de ETA y el tratamiento institucional a las víctimas sigue estando a flor de piel.
Con la banda terrorista disuelta, el peligro ya no son las pistolas, sino la amnesia colectiva y la reescritura de la historia.
Este estreno no llega para abrir viejas heridas, sino para evitar que cicatricen en falso.
Es un ejercicio de justicia poética, periodística e histórica que demuestra que las balas pueden frenar un corazón, pero jamás logran borrar las ideas de libertad de todo un pueblo.
El documental en Movistar Plus
El documental, que llegó a las pantallas el pasado miércoles 3 de junio en Movistar Plus, se posiciona como uno de los lanzamientos de no ficción más potentes del año.
La plataforma vuelve a apostar por el periodismo y la memoria histórica, ofreciendo a sus suscriptores un relato que huye del morbo para centrarse en la dignidad, con una factura técnica impecable y un archivo gráfico que eriza la piel.