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El ADN suspendido en la atmósfera permite reconstruir ecosistemas completos, vigilar especies invasoras e incluso identificar la presencia humana. Esta técnica, que ya se utiliza en agua y suelo, comienza a desvelar ahora los secretos que flotan de forma invisible a nuestro alrededor.
Por: A. Lagar | 21 de abril de 2026
Cada vez que nos rascamos la cabeza, liberamos al aire pequeñas partículas cargadas de información. No estamos solos en esto: el aliento de los animales, el polen de las plantas, fragmentos de plumas o esporas de hongos se mezclan en una nube invisible que nos rodea constantemente. Este ADN ambiental (eDNA) se ha convertido en la nueva herramienta de los científicos para entender qué ocurre en la naturaleza sin necesidad de ver a sus protagonistas.
El rastro de ADN en el aire en un Zoo
Aunque los investigadores llevan tiempo extrayendo material genético del agua o el suelo, el aire era un territorio casi inexplorado. Recientemente, un equipo de científicos decidió poner a prueba esta técnica en un pequeño zoológico del Reino Unido. El resultado fue revelador: lograron detectar el rastro de tigres a 200 metros de distancia de su recinto.
El análisis no solo identificó a los animales exóticos, sino también su alimento —como pollo o cerdo— y a la fauna silvestre que merodeaba por la zona, incluyendo murciélagos y erizos. En total, el aire contenía restos de 25 especies diferentes. Este hallazgo confirmó que el material genético animal siempre ha estado flotando ahí; simplemente, nadie se había detenido a buscarlo.
Archivos históricos en los filtros de aire
La capacidad de esta tecnología para rastrear la biodiversidad ha encontrado un aliado inesperado en las redes de vigilancia nuclear. En Suecia, una red de estaciones diseñada en los años 50 para detectar pruebas atómicas ha guardado durante décadas los filtros que aspiran cientos de metros cúbicos de aire por hora.
Al analizar estos filtros antiguos, los investigadores han podido reconstruir 70 años de historia ecológica. Los datos muestran desde la presencia de parásitos intestinales de alces hasta los cambios en los bosques de pinos y la desaparición de ciertos musgos. Es una oportunidad para ver cómo responden los ecosistemas ante los daños ambientales a lo largo del tiempo.
La precisión frente a la observación tradicional
El uso de bombas de aire para capturar material genético ha demostrado ser, en algunos aspectos, más exhaustivo que la observación humana. En un estudio nacional en el Reino Unido, el análisis del aire detectó 1.100 grupos de organismos distintos. Al comparar estos datos con bases de datos de ciencia ciudadana, se descubrió que el aire es mucho más eficaz para encontrar especies pequeñas, invisibles o nocturnas.
Mientras que los voluntarios suelen registrar aves o animales llamativos cerca de zonas habitadas, el aire revela la presencia de hongos, insectos y plantas que son piezas clave para el funcionamiento de la naturaleza. Incluso ha permitido localizar especies invasoras, como la carpa plateada, en lugares donde no se tenía constancia de su presencia.
Desafíos técnicos y dilemas éticos
A pesar de su potencial, interpretar estos datos no es sencillo. Los científicos aún deben determinar cuánto tiempo sobrevive el material genético en el aire y qué distancia puede recorrer. En una ocasión, se halló rastro de bacalao en un bosque sueco a 160 kilómetros del mar, un misterio que se resolvió al comprobar que coincidía con fuertes vientos del norte.
Por otro lado, la recolección de este material plantea interrogantes sobre la privacidad. Al aspirar el aire en lugares públicos, es inevitable capturar rastro humano. Algunos estudios ya han demostrado que este «subproducto» puede revelar información sobre el origen ancestral de una persona o ciertas enfermedades genéticas. Por ello, parte de la comunidad científica pide establecer principios éticos globales antes de generalizar el estudio de muestras humanas obtenidas del entorno.