Imagen de recurso para ilustrar la disfunción cognitiva postoperatoria.
Imagínate que, tras una operación exitosa de cadera o de corazón, vuelves a casa pero sientes que «algo» ha cambiado. No es el dolor de la herida, sino una extraña dificultad para recordar dónde dejaste las gafas, seguir el hilo de una película o realizar las tareas que antes hacías sin pensar. Para miles de pacientes de edad avanzada, esta «niebla mental» no es solo cansancio; es una complicación real llamada disfunción cognitiva postoperatoria, un desafío que la ciencia está empezando a descifrar para que operar el cuerpo no suponga un castigo para la mente.
Por: A. Lagar | Fecha: 01 de febrero de 2026
Este fenómeno, conocido por sus siglas como DCPO, afecta a un porcentaje alarmante de la población: hasta 4 de cada 10 pacientes de cirugía cardíaca y 1 de cada 4 en cirugías mayores sufren este bache intelectual semanas o meses después de pasar por el quirófano. Lo que antes se despachaba como «achaques de la edad» o «efectos secundarios normales», hoy se entiende como una lesión invisible que puede retrasar la recuperación, aumentar el riesgo de caídas y, en los casos más graves, acelerar el camino hacia la demencia.
El modelo de los «dos impactos»
¿Por qué a unas personas les afecta y a otras no? La clave reside en un concepto que los investigadores de la Universidad de Bari y otros centros internacionales han denominado el modelo de los «dos impactos». Piensa en el cerebro como un edificio. El «primer impacto» es la vulnerabilidad previa: si el edificio es antiguo (edad avanzada), tiene problemas de mantenimiento (diabetes) o una estructura frágil (herencia genética), ya está en riesgo.
La cirugía y la anestesia actúan como el «segundo impacto». Es el terremoto que, sumado a la fragilidad previa, termina por agrietar los cimientos de la memoria y la atención. No es culpa de un solo factor, sino de cómo el estrés del quirófano golpea a un cerebro que ya tenía sus reservas bajo mínimos.
¿Qué ocurre realmente dentro de la neurona?
Cuando entramos en quirófano, se desencadenan tres procesos principales que alteran la paz cerebral:
- Inflamación silenciosa: El cuerpo reacciona a la cirugía enviando señales de alerta. El problema es que esas señales cruzan la barrera que protege al cerebro y activan unas células llamadas microglía, que en lugar de limpiar, empiezan a «atacar» por error las conexiones neuronales.
- Crisis energética: Los anestésicos pueden alterar las mitocondrias, que son las pilas de nuestras células. Si las neuronas se quedan sin energía, no pueden procesar información.
- Cables desconectados: La plasticidad sináptica —la capacidad de nuestras neuronas para hablar entre sí— se debilita. Es como si la red de Wi-Fi del cerebro perdiera potencia, haciendo que los recuerdos no se graben correctamente.
El caso de la diabetes: una señal de alerta
La diabetes mellitus es el ejemplo perfecto de por qué el estado previo importa tanto. Un paciente con diabetes tiene entre 1,5 y 2 veces más riesgo de sufrir esta pérdida de memoria postoperatoria. Esto ocurre porque la glucosa alta ya mantiene al cerebro en un estado de inflamación crónica. Cuando llega la anestesia, el cerebro diabético, que ya tiene sus defensas bajas, se ve desbordado por el estrés oxidativo, facilitando que la «niebla mental» se instale con más fuerza.
Cómo afecta a tu día a día (y cómo reconocerlo)
La disfunción cognitiva postoperatoria no suele presentarse como una pérdida total de la memoria, sino de formas más sutiles pero incapacitantes:
- En la cocina: Olvidar que dejaste el fuego encendido o no recordar los pasos de una receta que has hecho toda la vida.
- En el banco: Tener dificultades repentinas para manejar el cajero automático o entender las facturas.
- En la charla: Perder el hilo de una conversación grupal o no encontrar la palabra exacta para describir algo sencillo.
Estrategias para un quirófano más seguro
La buena noticia es que los anestesistas cuentan hoy con herramientas para blindar el cerebro. Ya no se trata solo de «dormir al paciente», sino de protegerlo. Algunas de las estrategias que están demostrando reducir el riesgo hasta en un 40% incluyen:
- Monitorización con EEG: El uso de sensores en la frente para medir la profundidad exacta de la anestesia, evitando que el paciente esté «más dormido de lo necesario».
- Anestesia regional: Siempre que sea posible, usar bloqueos locales para reducir el uso de fármacos fuertes (opioides) que aturden el sistema nervioso central.
- Oximetría cerebral: Vigilancia constante de los niveles de oxígeno que llegan al cerebro mediante sensores de luz infrarroja.
- Uso de protectores: Fármacos como la dexmedetomidina, que ayuda a mantener la calma neuronal y tiene efectos antiinflamatorios.
El futuro de la cirugía pasa por la personalización. En unos años, antes de operarnos, los médicos analizarán nuestros genes para saber qué anestésico nos sienta mejor, de la misma forma que hoy se analiza el grupo sanguíneo. Mientras tanto, la vigilancia estrecha y la movilización temprana tras la operación siguen siendo nuestros mejores aliados para que el cerebro despierte tan sano como el corazón.
Fuente científica
El estudio, titulado «[Anesthesia-related factors in the pathogenesis of postoperative cognitive dysfunction: a mechanistic perspective]», ha sido publicado el 05 de enero de 2026 en la revista científica Frontiers in Neurology, Vol. 16:1700911. La investigación ha sido firmada por M-n Qin y Y-n Deng, editada por Paolo Taurisano (Universidad de Bari Aldo Moro) y revisada por pares por especialistas del Instituto de Investigación del Cáncer (Reino Unido) y la Universidad de Virginia (EE. UU.). © 2026 Qin y Deng. Contenido distribuido bajo Licencia Creative Commons Attribution (CC BY). 🔗 Licencia: https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/deed.es