Imagen de recurso: la brecha de agrado empieza a manifestarse a partir de los cinco años. Foto: Olia Danielevich
Existe una distorsión psicológica llamada «brecha de agrado» que nos hace creer que gustamos menos a los demás de lo que ellos nos gustan a nosotros. Esta ilusión comienza a desarrollarse a los cinco años y tiende a intensificarse a medida que crecemos y nos preocupa más nuestra reputación.
Por: A. Lagar | 3 de marzo de 2026
¿Alguna vez has salido de una charla con alguien nuevo pensando que no le has caído tan bien como él a ti? No eres el único. Resulta que la mayoría de las personas sufren una ilusión mental conocida como la brecha de agrado. Esta brecha nos hace imaginar que los demás nos aprecian menos de lo que nosotros los apreciamos a ellos, aunque la realidad suela ser muy distinta.
El primer estudio sobre este fenómeno se realizó con estudiantes universitarios. Tras conversar con desconocidos, la mayoría pensaba que no había causado una impresión tan buena, sin importar si la charla duraba dos minutos o casi una hora. Lo más curioso es que este sentimiento de inseguridad puede persistir hasta seis meses después de conocer a alguien; solo desaparece por completo tras nueve meses de trato frecuente.
El origen en la infancia
Para entender cómo nace esta sensación, un equipo de investigadores analizó a niños de entre 4 y 11 años. Tras ponerlos a jugar durante cinco minutos, les preguntaron cuánto les gustaba su compañero y cuánto creían que le gustaban ellos a la otra persona. Los resultados revelaron que los niños de 4 años no muestran esta brecha; son totalmente ajenos a esa inseguridad.
Sin embargo, a partir de los 5 años, la situación cambia. A esa edad aparece por primera vez la brecha de agrado, que se vuelve más pronunciada conforme los niños crecen. Parece que, una vez que soplamos las cinco velas, empezamos a ser conscientes de que nuestras acciones influyen en la opinión de los demás y comenzamos a preocuparnos por nuestra imagen social.
Por qué nos engaña la mente
Los psicólogos tienen varias teorías sobre por qué ocurre esto. Una de ellas es que, al hablar con alguien, estamos tan ocupados pensando en qué decir o en cómo nos estamos comportando que no prestamos atención a las señales de aprobación del otro. Podemos olvidar un nombre a los cinco segundos o pasar por alto una pequeña sonrisa de complicidad porque nuestro cerebro está centrado en su propio «guion».
Además, las personas rara vez nos dicen directamente «me gusta hablar contigo». Esta falta de confirmación directa nos lleva a repasar mentalmente todo lo que pudimos haber hecho «mal» durante el encuentro. Irónicamente, solemos ser jueces mucho más severos con nosotros mismos de lo que son los demás, lo que alimenta esa sensación de no haber encajado del todo.
El lado útil de la inseguridad
Aunque sentirse inseguro puede causar tristeza o soledad, los científicos sugieren que la brecha de agrado tiene una función adaptativa. Si pensáramos por defecto que le gustamos a todo el mundo mucho más de la cuenta, podríamos dejar de esforzarnos por ser amables o serviciales, lo que terminaría alejando a nuestros amigos.
Esa pequeña duda nos motiva a portarnos bien y a cuidar nuestras relaciones. Por eso, la próxima vez que sientas que no has causado una gran impresión, recuerda dos cosas: primero, esa inquietud te ayuda a ser mejor amigo; y segundo, es muy probable que la persona que tienes enfrente esté sintiendo exactamente lo mismo que tú.