Imagen de recurso: Los 'nueve grandes' alérgenos son responsables de la mayoría de reacciones graves.
Casi uno de cada cuatro españoles padece alguna alergia, una cifra que se ha duplicado en los últimos 30 años. Aunque el aumento se asocia a menudo con factores ambientales, las alergias alimentarias presentan un crecimiento propio que la ciencia intenta descifrar a través de la higiene, el microbioma y la exposición temprana.
La tendencia no es solo nacional. La Organización Mundial de la Salud advierte de que, si el ritmo actual continúa, en 2050 una de cada dos personas podría padecer algún tipo de alergia.
Por: A. Lagar | 3 de marzo de 2026
Lo que para la mayoría es un desayuno inofensivo —un vaso de leche, un huevo o un trozo de pan de trigo—, para un número creciente de personas es un riesgo vital. Las alergias alimentarias afectan ya al 5 % de los adultos en España y hasta al 8 % de los niños. Productos comunes como los frutos secos, el marisco o el sésamo pueden desencadenar anafilaxia, una reacción grave que requiere el uso inmediato de epinefrina.
En la infancia, algunas alergias como las de la leche, el huevo o la soja tienden a remitir con la edad. Sin embargo, otras como la del cacahuete, los frutos secos o el marisco suelen persistir durante toda la vida, lo que incrementa la carga psicológica y el riesgo acumulado.
A diferencia de las intolerancias, donde el cuerpo no puede procesar un nutriente, la alergia es un error del sistema inmunitario. Este identifica una proteína inofensiva como un atacante peligroso y libera histamina, provocando una respuesta defensiva que puede ser impredecible en cada ocasión.
La paradoja de la higiene y los «viejos amigos»
La comunidad científica busca explicaciones al aumento global de estas dolencias. Una de las teorías con más peso es la «hipótesis de la higiene», que sugiere que el sistema inmunitario necesita educarse mediante la exposición a microorganismos desde el inicio de la vida. Intentar criar a los niños en entornos excesivamente estériles podría alterar su desarrollo inmunitario y endocrino.
“Nuestro sistema inmunitario espera interactuar con microbios desde el inicio de la vida”, explica el microbiólogo Jack Gilbert, de la Universidad de California en San Diego, en referencia a esta teoría.
Esta idea ha evolucionado hacia la hipótesis de los «viejos amigos», centrada en los microbios que han coevolucionado con el ser humano durante millones de años. La falta de contacto con este microbioma ancestral parece estar vinculada a la aparición de enfermedades autoinmunes y procesos alérgicos.
Introducción temprana frente a la exclusión
Durante años se creyó que evitar los alimentos alergénicos en la infancia protegía a los niños. Sin embargo, las evidencias actuales indican lo contrario: introducir productos como el huevo o el cacahuete lo antes posible reduce el riesgo de desarrollar la alergia. Un estudio basado en registros sanitarios detectó que la prevalencia de alergias alimentarias se duplicó entre 2008 y 2018, lo que encendió las alarmas sanitarias antes de observarse una reciente estabilización. En ese mismo país, el cambio en las recomendaciones oficiales coincide con ese freno en el crecimiento de los casos.
Un factor curioso es la llamada «exposición dual». Mientras que ingerir el alimento a edades tempranas protege, el contacto con el alérgeno a través de la piel o de las vías respiratorias antes de haberlo probado puede favorecer la aparición de la alergia. Por ello, los expertos aconsejan que estos alimentos entren en la dieta antes de que el contacto ambiental tome la delantera.
Otros factores en el punto de mira
El origen de este incremento no es único. Además de la genética, los investigadores estudian el impacto del estilo de vida moderno. La carencia de vitamina D, el uso excesivo de antibióticos y cualquier intervención que dañe la microbiota digestiva —que actúa como barrera protectora en el intestino— podrían contribuir a la epidemia actual.
También se analiza por qué ciertas regiones geográficas, como Australia, muestran una mayor propensión a estas dolencias. Aunque aún quedan preguntas sin respuesta, la ciencia tiene claro que factores como el entorno y la dieta en los primeros años de vida son piezas clave del rompecabezas.
Avances en tratamientos y desensibilización
Aunque no existe una cura definitiva, el panorama de tratamientos está cambiando. La inmunoterapia oral (OIT) consiste en introducir cantidades mínimas y crecientes del alérgeno bajo supervisión médica para que el sistema inmune aprenda a tolerarlo. En España ya está autorizado Palforzia, un fármaco específico para la alergia al cacahuete.
Nuevos enfoques combinan la inmunoterapia con anticuerpos como el omalizumab, que ayuda a neutralizar la respuesta alérgica de forma más rápida y segura. Estos avances no eliminan la alergia por completo, pero elevan el umbral de tolerancia del paciente. Esto reduce el miedo ante un contacto accidental y mejora significativamente la seguridad de quienes conviven con el riesgo constante de una reacción.
“Es un momento interesante para las alergias alimentarias, ya que estamos viendo nuevos tratamientos que aumentan el umbral de tolerancia”, señala Ruchi Gupta, directora del Center for Food Allergy & Asthma Research de la Universidad Northwestern.