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El 11 de marzo de 2011, el mundo contuvo la respiración. Un terremoto brutal, un tsunami de 14 metros y una central nuclear al borde del colapso desencadenaron la mayor crisis atómica desde Chernóbil. Explosiones, evacuaciones masivas y una amenaza invisible que se extendía por el aire y el océano Pacífico. Quince años después, Fukushima sigue siendo una herida abierta en la historia energética del planeta… y vuelve a la actualidad con el estreno del documental que revive, minuto a minuto, aquella pesadilla nuclear.
Por: A. Lagar | 2 de marzo de 2026
El 11 de marzo de 2011, a las 14:46 hora local, la tierra comenzó a temblar frente a la costa noreste de Japón. No era un terremoto más. Con una magnitud de 9.0, fue uno de los más potentes jamás registrados. Este tipo de seísmos se conocen como “megaterremotos”, fenómenos extremadamente raros que se producen en zonas de subducción, cuando una placa tectónica se desliza lentamente por debajo de otra y libera, de forma súbita, una energía acumulada durante décadas o siglos. La cantidad de energía liberada en un evento de esta magnitud es colosal y suele desencadenar tsunamis de gran escala. En cuestión de minutos, ciudades enteras quedaron sacudidas. Pero lo peor aún estaba por llegar.
En la Central nuclear Fukushima I, operada por Tokyo Electric Power Company (TEPCO), tres de sus seis reactores estaban funcionando con normalidad. Cuando el sistema detectó el terremoto, los reactores 1, 2 y 3 se apagaron automáticamente mediante el protocolo de emergencia conocido como SCRAM. Sobre el papel, todo había funcionado correctamente.
Sin embargo, apagar un reactor no significa que deje de generar calor. Aunque la fisión se detiene, el combustible nuclear continúa desprendiendo lo que se conoce como “calor residual”. Es como apagar el motor de un coche después de un largo viaje: deja de acelerar, pero sigue caliente durante mucho tiempo. En una central nuclear, ese calor debe eliminarse continuamente mediante sistemas de refrigeración.
El terremoto dañó la red eléctrica exterior. La planta perdió el suministro principal, pero los generadores diésel de emergencia arrancaron según lo previsto. Durante unos minutos, parecía que el sistema resistía.
Entonces llegó el tsunami.
Aproximadamente 46 minutos después del seísmo, una ola de unos 14 metros de altura superó el dique de contención de la central, diseñado para alturas muy inferiores. El agua de mar inundó los edificios, anegó los sótanos y destruyó los generadores diésel. La central quedó sin electricidad. Sin electricidad no había bombas. Sin bombas no había refrigeración.
Y sin refrigeración, el núcleo comenzó a sobrecalentarse.
Tres reactores fuera de control
Entre el 12 y el 15 de marzo, la situación se deterioró rápidamente. En los reactores 1, 2 y 3 se produjeron fusiones parciales del núcleo. Esto significa que las barras de combustible alcanzaron temperaturas tan elevadas que comenzaron a deformarse y fundirse.
En el proceso se generó hidrógeno, un gas extremadamente inflamable. Ese hidrógeno se acumuló en los edificios de contención y provocó explosiones que destruyeron las estructuras superiores de los reactores 1 y 3, y dañaron gravemente el entorno del reactor 2. Las imágenes de los edificios volando por los aires recorrieron el mundo.
No fueron explosiones nucleares. El combustible de Fukushima no tenía el nivel de enriquecimiento necesario para una detonación atómica. Fueron explosiones químicas. Pero visualmente, el impacto fue devastador.
El reactor 4, que estaba parado por mantenimiento, también sufrió graves daños en su edificio y problemas en la piscina donde se almacenaba combustible usado, que comenzó a calentarse peligrosamente.
El 16 de abril de 2011, las autoridades japonesas elevaron el accidente al nivel 7 en la Escala Internacional de Accidentes Nucleares, el máximo posible. El mismo nivel que el Accidente de Chernóbil.
154.000 personas obligadas a marcharse
Mientras los ingenieros intentaban estabilizar los reactores, el Gobierno ordenó la evacuación progresiva de la población. Primero 10 kilómetros. Luego 20. Después 30.
Más de 154.000 personas tuvieron que abandonar sus hogares. De un día para otro dejaron atrás casas, negocios, escuelas, recuerdos. Más de 110.000 salieron inmediatamente tras el desastre. Cuatro años y medio después, decenas de miles aún no habían regresado.
Aunque no se registraron muertes inmediatas por síndrome de irradiación aguda, la evacuación tuvo un coste humano enorme. Cerca de 2.000 muertes prematuras se asociaron al estrés, al desarraigo y al deterioro físico de personas vulnerables, especialmente ancianos trasladados en condiciones extremas.
En 2018, el Gobierno japonés reconoció oficialmente la muerte de un trabajador por cáncer de pulmón relacionado con su exposición acumulada a la radiación en las tareas posteriores al accidente.
La radiación: invisible pero real
Cuando se habla de radioisótopos como el yodo-131 o el cesio-137, el lenguaje puede sonar abstracto. Pero lo que ocurrió fue tangible.
El yodo-131 tiene una vida media de ocho días. Eso significa que su intensidad se reduce a la mitad cada ocho días. Fue el principal responsable de la preocupación inicial por el cáncer de tiroides, especialmente en niños. Sin embargo, su presencia disminuye rápidamente con el tiempo.
El cesio-137 es diferente. Tiene una vida media de más de 30 años. Eso implica que puede permanecer en el medio ambiente durante décadas si no se limpia adecuadamente. Se estima que entre 7 y 20 petabecquerel de cesio-137 fueron liberados. Para entender la magnitud: un becquerel es una desintegración radiactiva por segundo; un petabecquerel equivale a un millón de millones de desintegraciones por segundo.
Más del 80% de las emisiones atmosféricas fueron empujadas por el viento hacia el océano Pacífico. Parte de la contaminación cayó en tierra, principalmente al noroeste de la planta.
También hubo vertidos de agua contaminada al mar durante los esfuerzos de enfriamiento de emergencia. Años después, Japón acumuló grandes cantidades de agua tratada en tanques dentro del recinto. En 2023 comenzó la descarga controlada y diluida de esa agua al océano, una decisión avalada por el organismo de control nuclear de la ONU, pero criticada por sectores sociales y gobiernos vecinos.
¿Qué impacto tuvo en la salud?
Las dosis medias recibidas por la población de la prefectura de Fukushima se estimaron por debajo de 2 milisieverts (mSv). Para ponerlo en contexto: una persona recibe de forma natural unos 2,4 mSv al año por radiación ambiental. Una radiografía de tórax supone alrededor de 0,1 mSv.
No se registraron casos de síndrome de irradiación aguda. Entre los más de 29.000 trabajadores que participaron en las operaciones, la dosis media fue de unos 12 mSv. Menos del 1% superó los 100 mSv.
Según la Organización Mundial de la Salud, los riesgos adicionales de cáncer para la población general son bajos. El mayor impacto sanitario fue psicológico y social: ansiedad, estrés postraumático y ruptura del tejido comunitario.
Un terremoto político y económico
El accidente de Fukushima no solo afectó a Japón. Reabrió el debate mundial sobre la energía nuclear.
Alemania anunció el cierre progresivo de sus centrales. Italia rechazó la energía nuclear en referéndum. Varios países revisaron la seguridad de sus instalaciones.
En los mercados, el índice Nikkei perdió más del 14% en dos días. El Banco Mundial estimó los daños totales entre 87.000 y 166.000 millones de euros.
Fukushima se convirtió en un punto de inflexión. No solo por la magnitud técnica del accidente, sino por lo que reveló: que incluso en uno de los países más avanzados del mundo, la combinación de desastre natural y fallo tecnológico puede desencadenar una crisis global.
‘Fukushima: una pesadilla nuclear’ en Movistar Plus+
Catorce años después, la historia vuelve a primera línea.
El próximo 11 de marzo, Movistar Plus+ estrena ‘Fukushima: una pesadilla nuclear’, un documental que reconstruye minuto a minuto los acontecimientos.
Según la plataforma, la producción combina material de archivo con testimonios de supervivientes, ingenieros, técnicos, soldados, bomberos y altos funcionarios que lucharon contrarreloj para contener una crisis que amenazó con ser “diez veces peor que Chernóbil”.
Una crónica definitiva que sumerge al espectador en el corazón de una catástrofe que cambió la historia contemporánea.