Foto: Kent Wang, CC BY 4.0, via Wikimedia Commons
El Palacio de Linares emerge en la Plaza de Cibeles como una joya de la arquitectura del siglo XIX, albergando una historia de opulencia, arte y mitos.
Por: A. Lagar | 4 de junio de 2026
El origen de una fortuna: los Marqueses de Linares
El Palacio de Linares, conocido actualmente por ser la sede de la institución Casa de América, no se entiende sin la figura de sus fundadores: José de Murga y Reolid y su esposa, Raimunda de Osorio y Ortega.
José de Murga heredó una de las fortunas más colosales de la España del siglo XIX, cimentada por su padre, Mateo de Murga, mediante negocios industriales, comerciales y bursátiles entre los que destacaban las inversiones en ferrocarriles y el sector financiero internacional.
En 1872, el rey Amadeo I de Saboya otorgó a la pareja el título de Marqueses de Linares y Vizcondes de Llanos de Alos, consolidando su estatus dentro de la aristocracia madrileña.
Con un capital prácticamente ilimitado, el matrimonio decidió levantar una residencia que reflejara su poder económico y su refinado gusto por las corrientes artísticas europeas, adquiriendo para ello un solar privilegiado de 3.064 metros cuadrados en la antigua plaza de Madrid, hoy conocida como Plaza de Cibeles.

Un despliegue arquitectónico sin escrúpulos presupuestarios
La construcción del palacio comenzó en 1877 bajo la dirección del arquitecto municipal Carlos Colubí.
Los marqueses no escatimaron en gastos, contratando a los mejores artesanos y pintores de la época, tanto españoles como franceses.
Los diseños interiores contaron con la firma del decorador Jean-Baptiste Jules Klagmann, mientras que pintores de la talla de Francisco Pradilla, Manuel Domínguez y Alejandro Ferrant se encargaron de decorar los techos con frescos mitológicos e históricos.
El palacio se distribuyó en cuatro plantas principales, destacando su imponente escalera de mármol de Carrara que da acceso a la planta noble.
Los salones se diseñaron siguiendo un criterio temático y estilístico: el Salón de Baile de estilo Luis XV, la Sala China decorada con ricas lacas orientales, el Salón de Tapices y una capilla de estilo neogótico.
Cada rincón del edificio se revistió con sedas de Lyon, maderas nobles traídas de las colonias americanas, lámparas de cristal de Murano y bronce dorado, convirtiéndolo en uno de los mejores ejemplos de arquitectura ecléctica de la capital.

Las tres fachadas y el búnker bajo Cibeles
Otro de los aspectos técnicos que aporta un valor brutal al análisis del edificio es su complejidad arquitectónica, planificada para resolver un problema urbanístico.
El solar que compraron los marqueses al Ayuntamiento de Madrid tenía una forma irregular y achaflanada.
Para solucionarlo, el arquitecto Carlos Colubí diseñó un edificio con tres fachadas distintas pero armónicas: la principal, que mira con orgullo a la Plaza de Cibeles; la de la calle de Alcalá, por donde entraban los carruajes; y la del Paseo de Recoletos, que daba acceso a las caballerizas y a los jardines privados.
Poca gente sabe que el Palacio de Linares fue uno de los primeros edificios privados de Madrid en contar con una estructura de calefacción central por aire caliente y un sistema propio de saneamiento e iluminación eléctrica independiente de la red municipal, una excentricidad para la década de 1880.
Además, los sótanos del palacio —donde se ubicaban las cocinas, las despensas y las habitaciones del servicio— se construyeron con gruesos muros de sillería que actuaban como un auténtico búnker térmico y estructural.
Estas estancias subterráneas, que conectaban con los pasadizos de servicio para que los criados no cruzaran las zonas nobles visibles, fueron el escenario real donde, un siglo después, en los años 90, los parapsicólogos colocaron sus grabadoras para registrar las supuestas psicofonías.
El entramado financiero y el misterio del testamento
Para entender la magnitud del proyecto, hay que analizar la telaraña financiera que sostenía a la familia.
Mateo de Murga y Michelena, el padre de José, era un vasco que hizo fortuna en Cádiz y Madrid gracias a la importación, los barcos mercantes y una visión comercial agresiva.
Cuando falleció en 1857, dejó a su hijo José una herencia tan descomunal que le permitió vivir el resto de su vida sin ejercer ninguna profesión, dedicándose en exclusiva a la filantropía, el coleccionismo de arte y la gestión de sus rentas.
José de Murga era, literalmente, uno de los hombres más ricos de la Europa de su tiempo.
Sin embargo, la verdadera intrahistoria del palacio se esconde en los despachos de los notarios.
Al no tener descendencia directa, los Marqueses de Linares se convirtieron en el objetivo de familiares lejanos y cazafortunas.
Para blindar su legado, el marqués tomó una decisión que escandalizó a la alta sociedad madrileña de 1902: nombró como heredera universal a Raimunda Avecilla y Aguado, que era la hija de su abogado y amigo íntimo, Federico Avecilla.
Esta decisión desató una cruenta batalla judicial.
Los primos del marqués, liderados por la familia de la prestigiosa Casa de Beránguiz, impugnaron el testamento alegando que el aristócrata no estaba en pleno uso de sus facultades mentales al firmarlo.
El pleito llenó las páginas de los diarios de tribunales de la época, pero finalmente la justicia dio la razón a los Avecilla, quienes heredaron el palacio, las colecciones de arte y los millones de reales en cuentas internacionales.
La trágica leyenda y la decadencia del edificio
La vida de los marqueses estuvo rodeada de rumores debido a su carácter extremadamente reservado.
La leyenda popular, alimentada con fuerza décadas después, sostenía que José y Raimunda descubrieron tras casarse que eran hermanos de padre, fruto de una aventura extramatrimonial de Mateo de Murga.
El mito asegura que la pareja obtuvo una bula papal de León XIII para poder seguir viviendo bajo el mismo techo pero obligados a guardar estricta castidad.
Sin embargo, la pasión rompió el mandato papal y terminaron concibiendo a una niña.
Aquí es donde el relato tradicional se vuelve verdaderamente oscuro.
Para ocultar el pecado del incesto y evitar el ostracismo social, los marqueses habrían decidido deshacerse de la pequeña, bautizada popularmente como Raimundita.
La crónica negra de Madrid se divide en dos teorías terroríficas: unas versiones afirman que la niña fue emparedada viva entre los gruesos muros del palacio, mientras que otras sostienen que fue ahogada y arrojada a un pozo ubicado en los sótanos o en los jardines del edificio.
Los amantes de lo paranormal atribuyen los lamentos del lugar al espíritu de esta niña atrapada en el edificio.
No obstante, las investigaciones históricas y los testamentos oficiales muestran que el matrimonio nunca tuvo descendencia y que José de Murga nombró heredera universal a su ahijada, Raimunda Avecilla.
Tras el fallecimiento de los marqueses en 1902, con apenas meses de diferencia, el palacio pasó oficialmente a manos de la familia Avecilla, momento en el que los elevados costes de mantenimiento provocaron el abandono progresivo del inmueble.
Las empresas que casi lo destruyen
Tras el estallido de la Guerra Civil española en 1936, el edificio fue requisado debido a su posición estratégica.
Durante el conflicto, dadas las dimensiones de sus sótanos y la solidez de su estructura, sirvió como cuartel general y refugio para diversas milicias y fuerzas de defensa de la capital.
Aunque el inmueble no sufrió impactos directos de artillería, el trasiego militar deterioró gravemente los frescos de las paredes y supuso la pérdida irreversible de valiosas vajillas y elementos decorativos de bronce.
El verdadero peligro para el palacio llegó durante la dictadura franquista.
La familia Avecilla, asfixiada por las deudas, se vio obligada a vender el inmueble.
En la década de 1960, el edificio pasó a manos de la compañía Transmediterránea y, posteriormente, fue adquirido por la corporación industrial Telson.
El objetivo de estas empresas privadas no era conservar el arte, sino aprovechar el millonario valor del suelo para edificar un moderno rascacielos de oficinas de cristal y acero.
La movilización de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y de un grupo de intelectuales madrileños fue lo único que frenó las licencias de demolición, manteniendo el edificio cerrado a cal y canto.
Salvación institucional y la conexión con HBO Max
La suerte del edificio cambió radicalmente en 1976, año en el que fue declarado Monumento Histórico-Artístico, salvándose de la piqueta de manera definitiva.
A finales de la década de los ochenta, el Gobierno de España, el Ayuntamiento de Madrid y la Comunidad de Madrid unieron fuerzas para restaurar el inmueble de manera integral.
El objetivo era convertirlo en el epicentro cultural del Quinto Centenario del Descubrimiento de América, inaugurándose oficialmente en 1992 como la Casa de América, función que sigue cumpliendo en la actualidad.
Hoy en día, este imponente palacio de la Plaza de Cibeles sigue atrayendo las miradas de los historiadores y del gran público.
De hecho, los misterios reales e imaginarios que envuelven su historia han vuelto a la primera línea de la actualidad.
La plataforma de streaming HBO Max se encuentra preparando el rodaje de una serie documental titulada Expediente Linares, que analizará al detalle los mitos, el impacto mediático y los secretos que esconden estos históricos muros madrileños.
Preguntas frecuentes
¿Quiénes fueron los constructores del Palacio de Linares?
El palacio fue mandado construir por José de Murga y Reolid y Raimunda de Osorio y Ortega, los primeros Marqueses de Linares, a finales del siglo XIX.
¿Qué institución ocupa actualmente el Palacio de Linares?
Desde el año 1992, las instalaciones del palacio albergan la sede de la Casa de América, un consorcio dedicado a estrechar lazos culturales entre España y el continente americano.
¿Es cierta la leyenda sobre el fantasma del palacio?
Los registros históricos demuestran que los marqueses no tuvieron hijos y que los mitos sobre el incesto son leyendas urbanas potenciadas por el bum de los medios de comunicación en los años noventa.
Un viaje en el tiempo en pleno Cibeles
La próxima vez que pases por la Plaza de Cibeles y te quedes mirando la imponente fachada del Palacio de Linares, ya no verás simplemente un edificio bonito.
Ahora conoces la historia de la inmensa fortuna de los Murga, el tenaz pleito de los Avecilla por salvar su herencia y cómo las paredes esquivaron por los pelos convertirse en un bloque de oficinas gris en los años sesenta.
Estamos ante un superviviente de piedra, lujo y secretos que se niega a pasar desapercibido y que muy pronto volverá a desenterrar todo su pasado en la pantalla.