Imagen digital de recurso
El cerebro humano está diseñado para priorizar las amenazas, una respuesta evolutiva que se ha intensificado tras la experiencia del covid.
Según los expertos en psicología y neurociencia, las noticias sobre el hantavirus activan una respuesta emocional de alerta antes incluso de que nuestra parte racional pueda procesar los datos técnicos o la baja probabilidad de contagio.
Por: A. Lagar | 12 de mayo de 2026
Existe un mecanismo en nuestra mente que explica por qué, al leer un titular sobre el hantavirus, muchos sienten una punzada de ansiedad inmediata.
No es una reacción exagerada sin motivo; es el resultado de cómo nuestro cerebro gestiona las experiencias negativas.
En psicología cognitiva, un principio fundamental es que «lo malo es más fuerte que lo bueno».
Los eventos negativos se procesan con mayor profundidad y se recuerdan con más detalle que los positivos.
Esta es una solución evolutiva: aprender rápido de una amenaza aumenta las posibilidades de supervivencia.
El atajo del miedo en el cerebro
A nivel neurobiológico, la responsable de esta reacción es la amígdala.
Esta estructura actúa como un detector de peligros que procesa la señal de amenaza mucho antes de que el córtex prefrontal, la parte lógica del cerebro, pueda evaluar la situación con calma.
El neurocientífico Joseph LeDoux describió este fenómeno como la «vía corta».
Es un atajo neuronal que sacrifica la precisión a cambio de la velocidad. En la práctica, esto significa que reaccionamos emocionalmente antes de haber terminado de leer la noticia o de entender si el riesgo es real para nosotros.
La huella del covid como detonante por el hantavirus
Para comprender por qué el miedo surge con tanta fuerza ahora, hay que mirar hacia la experiencia reciente de la pandemia de covid.
Aquel periodo funcionó como un entrenamiento de altísima intensidad emocional, marcado por la incertidumbre, el confinamiento y la pérdida.
Esa carga emocional quedó vinculada a señales muy específicas: curvas de contagio, palabras como «transmisión» o «brote», y noticias sobre nuevos patógenos.
Cuando estas señales reaparecen en el contexto del hantavirus, el sistema de alerta se dispara de forma automática.
Una respuesta aprendida
Basta con que aparezca un término cargado de significado emocional para que el cerebro recupere la respuesta aprendida: ansiedad o necesidad de alerta.
Esto ocurre incluso si el virus es completamente distinto al SARS-CoV-2 o si los datos científicos que acompañan a la noticia son tranquilizadores.
Entender que nuestra mente opera bajo esta lógica de supervivencia es el primer paso para equilibrar la emoción con la información.
Aunque la «vía corta» nos ponga en guardia, los datos y la razón son los que finalmente nos permiten situar el riesgo en su justa medida.
