Imagen de recurso: los niños con mejor regulación emocional tienden a ayudar más a los demás.
La capacidad de los niños para gestionar sus emociones, conocida como regulación emocional, está estrechamente ligada a su entorno familiar. Un estudio con menores de tres años revela que un ambiente tranquilo y la influencia de los padres marcan una diferencia significativa en que los niños ayuden a otros y tengan mejor conducta.
Por: A. Lagar | 3 de marzo de 2026
Imagine que a un niño se le ofrece un dulce si deja de llorar. Para conseguirlo, debe realizar un esfuerzo interno: procesar su enfado o tristeza y calmarse. Esta habilidad, que también usamos los adultos para no gritarle a un jefe tras una mala noticia, es la regulación emocional. Se trata de la capacidad de gestionar lo que sentimos para alcanzar una meta o adaptarnos a una situación.
Científicos han investigado qué elementos del día a día de un niño de 3 años influyen en que aprenda a controlarse. Para ello, analizaron a 90 menores y a sus familias mediante cuestionarios y juegos diseñados para observar cómo interactúan y cómo reaccionan ante retos, como resolver un rompecabezas difícil.
El peso del entorno doméstico
Los resultados indican que la vida en el hogar marca una diferencia significativa. Los niños que crecen en entornos con mayores ingresos tienden a gestionar mejor sus emociones. Por el contrario, aquellos que viven en hogares con un ambiente definido por los investigadores como caótico —con altos niveles de ruido o falta de orden— muestran más dificultades para calmarse.
No solo el espacio físico importa; el comportamiento de los padres es una pieza clave. El estudio descubrió que cuando los adultos utilizan estrategias eficaces para gestionar sus propios sentimientos, sus hijos también presentan una mejor regulación emocional. Esto sugiere que los niños aprenden a observar y replicar las herramientas de control que ven en sus cuidadores.
Ayudar al prójimo tiene recompensa
Una de las preguntas principales de la investigación era si estos niños «emocionalmente hábiles» eran también más generosos. Para comprobarlo, se realizaron tareas de laboratorio donde un científico fingía tener un problema, como sentir frío. Si el niño le acercaba una manta de forma espontánea o con pocas pistas, demostraba una conducta de ayuda.
Los datos confirmaron la hipótesis: los niños con mejor manejo de sus emociones fueron los más propensos a ayudar al investigador necesitado. Además, estos mismos pequeños presentaban menos problemas de comportamiento en casa, como perder los estribos con frecuencia o tener dificultades para prestar atención, según informaron sus propios padres.
Un camino con nuevas preguntas
Aunque el estudio destaca la importancia de la estabilidad y el ejemplo parental, los científicos señalan que aún quedan interrogantes. Por ejemplo, solo se contó con la perspectiva de uno de los padres, y la visión del otro cuidador podría aportar matices diferentes sobre la conducta del niño.
También queda por explorar si factores como tener hermanos o el tipo de escolarización influyen en esta capacidad. Lo que parece claro es que las bases de la convivencia y el apoyo mutuo comienzan a construirse en la infancia temprana, a través del aprendizaje silencioso de cómo manejar lo que sentimos en los momentos de tensión.
Citas: Ewell A, Kao K y Tarullo A (2024) ¿Cómo aprenden los niños a gestionar sus emociones?. Portada. Young Minds. 12:1416143. doi: 10.3389/frym.2024.1416143.
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